Historia: Cómo acabaron los fenicios en la península

Tal vez en clase de Historia os hayan hablado alguna vez de los fenicios, o tal vez hayáis escuchado alguna vez algo de ellos. Los fenicios eran una cultura que ha sido típicamente asociada a la navegación y el comercio, avezados mercaderes que surcaban el Mediterráneo para intercambiar productos con los diversos pueblos del ancho mundo…

Hoy querría hablaros de un aspecto tal vez menos conocido de estos fascinantes marineros: su ocupación de la Península Ibérica como algo más que una mera empresa comercial.

Lo primero es ponernos un poco en situación. Seguramente sabréis que los fenicios proceden de una zona de la que yo mismo os hablé en el anterior número de esta revista: Canaán.

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De hecho, puede que os interese saber que los fenicios no se llamaban de esa forma a sí mismos. Los fenicios, en aspectos de identidad, eran muy similares a los griegos: tenían conciencia de pertenecer a un amplio grupo común, diferenciado de otras culturas, pero entre sí, no se consideraban iguales. Cada uno es de su ciudad. Si yo soy de Atenas, soy de Atenas, y si yo soy de Esparta, soy de Esparta. Cuando paso a ser griego es cuando me defino frente a los bárbaros (todo esto es en realidad muy complicado, pero no es el tema de este artículo). Como decía, con los fenicios ocurría lo mismo: yo soy de Tiro, o de Sidón, o de Biblos. Aunque, a mayores, tenían la conciencia de ser cananitas, que es como se identificaban. El nombre de “fenicios” se lo dieron los griegos, y procede de la palabra “foinix”, “rojo”, debido  al color púrpura, con el que comerciaban, y que solían utilizar ellos mismos en abundancia.

A partir de cierta época, que todavía no puede ser confirmada, los fenicios comienzan a recorrer el Mediterráneo, asentándose en ciertos enclaves costeros. Tradicionalmente se enseña que los cananitas vivían del comercio, por lo que iban fundando emporios comerciales a lo largo de todo Occidente, preferentemente en islas cerca de la playa y en todo caso jamás muy alejados de la costa, evitando el contacto con las poblaciones autóctonas. Hoy en día se sabe que eso no era así. Los fenicios llegaron a penetrar, al menos en la Península, muy tierra adentro, en fases sucesivas de una colonización que se dedicaba a la explotación de todos los recursos naturales. Sabemos que llegaron a convivir con habitantes nativos de Iberia (aunque sus relaciones no siempre fueron amistosas) y llegaron a formar grandes ciudades, de una marcada relevancia en el territorio, gobernadas por sus propias élites fenicias locales. Pero eso es ya una historia más tardía. Los asentamientos más antiguos de los que se ha hallado evidencia arqueológica datan del siglo X antes de Cristo. Cabe preguntarse… ¿por qué diablos los fenicios querrían llegar hasta un lugar tan alejado como la Península Ibérica, teniendo otras rutas comerciales cerca, y por qué a partir del siglo X,  y no antes, teniendo en cuenta que tenían los medios técnicos adecuados para ello?

Las hipótesis antiguas defendían que la caída de los grandes imperios del Próximo Oriente había dejado a los cananeos sin rutas comerciales, o que la agresión del imperio asirio había obligado a muchos de ellos a emigrar… Teorías más recientes han puesto de manifiesto que lo primero no parece probable y que lo segundo sería factible de no ser porque la presión asiria no se produciría hasta el siglo VII a. C. La opción más verosímil es la que rompe con la vieja imagen mental que se tenía de los fenicios. Estos viajes no serían empresas de comercio, sino de colonización. Una colonización utilizada para aliviar la presión demográfica de las ciudades de Fenicia, debida al aumento de población, la falta de tierras y la caída del rendimiento de las mismas a causa de continuados siglos de explotación. El caso es que sobraba gente, y a algún sitio había que mandarla. En este contexto, la ciudad de Tiro, gobernada por el rey Hiram I, organizaría desde el palacio una empresa estatal para planificar cuidadosamente esta colocación del “excedente demográfico”, por así decirlo.

Tradicionalmente se ha venido indicando que la colonización fenicia era un fenómeno espontáneo, casual, ejercitado sobre la marcha a medida que los cananitas recorrían el Mediterráneo poco a poco en una navegación de cabotaje (esto es, una navegación paralela a la costa, en etapas cortas, tocando tierra habitualmente). A medida que iban explorando el litoral, se iban asentando y finalmente se quedaban allí. Y sería un proceso llevado a cabo por comerciantes particulares, por su cuenta. Una revisión de estas hipótesis ha llevado a algunos autores a dudar de esto. La colonización parece un proceso demasiado meditado y bien planificado como para haber sido fruto de azarosas travesías individuales. Las evidencias arqueológicas  parecen indicar que los fenicios iban a tiro fijo: sabían muy bien a dónde iban y qué hacían. Los enclaves fenicios están situados siempre en puntos estratégicos que requieren un profundo conocimiento previo del territorio (y su urbanismo parece indicar una planificación importante). Parece evidente que disponían de abundante información sobre la geografía de la Península Ibérica. Pero además, muy recientemente se han descubierto en la Península Ibérica los restos fenicios más antiguos de todo el Mediterráneo (del siglo X a. C., como ya mencioné antes), lo que quiere decir que la colonización no se produjo de Oriente a Occidente, sino a la inversa: desde la Península hacia Canaán.

Así que ellos sabían que había un destino al que llegar tras ese largo viaje efectuado de un tirón. Dada la enorme complejidad y dificultad del proyecto, se cree que solamente un estado poderoso y fuerte, como lo era Tiro en aquella época, pudo haberlo coordinado.

Este proceso dirigido desde el palacio está profundamente relacionado con el Templo de Melkart (divinidad más tarde asimilada a Heracles -Hércules-). A partir del oráculo dado por este templo se organizó una expedición que tenía como objetivo fundar en los confines del mundo otro templo dedicado a Melkart. ¿Cuál era el extremo del mundo en esta época? Las columnas de Melkart. Seguramente muchos de vosotros sabréis que las míticas columnas de Heracles  se identifican habitualmente con el estrecho de Gibraltar. Seguramente os estaréis preguntando ¿y por qué irse tan lejos, hasta el fin de la Tierra? La explicación es larga y compleja, pero para resumir rápidamente, se relaciona con una antiquísima tradición de las culturas orientales en las que el soberano realiza un viaje hasta los límites de lo conocido para así reclamar todo el territorio que se encuentra entre éstos y sus dominios. Esta tradición se remonta hasta el mítico Sargón de Accad (la antigua Mesopotamia). Así pues, de una forma simbólica, los fenicios legitiman su dominio sobre el mar Mediterráneo.

Los fenicios, en fin, hicieron varios viajes hasta que los oráculos de Melkart fueron favorables e indicaron que habían llegado al lugar designado: Gadir, la actual Cádiz (curiosidad: en las fuentes antiguas Gadir aparece en plural, porque en su día eran tres islas diferentes), donde se fundó, presuntamente, este templo a Melkart. El problema es que, si bien tenemos evidencias de esta primera fundación cananita en la Península Ibérica a través de los textos de los autores antiguos (griegos, porque toda la documentación fenicia, al estar escrita en papiro, se ha perdido), no podemos confirmarlo arqueológicamente, porque la confirmarlo arqueológicamente, porque la mayor parte de las antiguas ciudades cananitas hoy en día se hallan sepultadas bajo ciudades vivas, habitadas actualmente. Así pues, pese a que se han hallado restos indudablemente fenicios en Cádiz (como los famosos sarcófagos), no ha sido encontrado todavía el templo, aunque es altamente probable que se encuentre ahí abajo.

BRAIS2En cuanto al momento exacto en que se produce esto, si hacemos caso de las fuentes griegas, la fundación de Gadir (Gades, en Latín) se produciría en los alrededores del año 1100 antes de Cristo, y muchos investigadores creen que probablemente esta fecha aproximada sea correcta, aunque por desgracia, y como he referido, todavía no se ha podido demostrar. Pero lo importante es que su asentamiento en este lugar marca el inicio de la colonización cananita de la Península Ibérica, ya que muy probablemente utilizaron Gadir como “base de operaciones”, por así decirlo, desde la cual recorrer y explorar la costa de Iberia, observando minuciosamente el litoral y tomando nota de los mejores lugares en los que se podría establecer un asentamiento. La ocupación fenicia, como he mencionado antes, fue mucho más intensa de lo que habitualmente se cree y fue increíblemente prolongada en el tiempo, ya que académicamente, y a efectos de enseñanza, se da por acabada en el siglo III antes de Cristo, cuando los cartagineses (ironías de la vida, Cartago también es una ciudad fenicia fundada por Tiro) inician bajo los Bárquidas su ocupación “imperialista” de la Península Ibérica y se enfrentan a los romanos en la Segunda Guerra Púnica (“púnico” viene de “poeni”, la forma en Latín de referirse a los fenicios, que procede, como vimos, del griego: “foinix/phoinix”), siendo derrotados y expulsados en 205 a. C. y pasando gran parte de Iberia a estar bajo control romano, siendo los fenicios que allí quedaban romanizados con el paso del tiempo (aunque mantuvieron sus costumbres durante muchísimos años).

Por último, tal vez os resulte curioso saber que los fenicios no se detuvieron en Cádiz y las columnas de Melkart, ni mucho menos. Los textos antiguos afirman que podrían haber llegado a circunnavegar África, o al menos parte de ella, y por el lado norte se ha documentado recientemente que estos avezados marineros llegaron a navegar por el Atlántico para asentarse en varios puntos de los actuales Portugal y Galicia. ¿Qué os parece? De no haberse detenido, podrían haber incluso llegado hasta las islas británicas. Y de hecho… ¿quién sabe si en realidad no llegaron, aunque nosotros no lo sepamos? Sólo el tiempo y la Arqueología lo dirán… ¡hasta más ver, amigos púnicos!

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