Historia: ¡A la carga!… o no

 

Estaba yo tan tranquilo pensando en mis cosas cuando de repente saltó a mi cabeza un pensamiento inopinado. Me puse a pensar en la típica superproducción de Hollywood en la que hombres a caballo cargan heroicamente contra una pobre e indefensa línea de infantería… Luego pensé en lo que le ocurriría al tropel de jinetes en cuestión en caso de que dicha cohorte de infantes no fuesen otra cosa que un batallón de hoplitas griegos o romanos, unidos y cohesionados, firmes y aguerridos, que consiguiesen mantenerse en sus puestos sin salir corriendo cagándose por la pata abajo (lo cual, por mucho que el cómic de Frank Miller nos haga pensar lo contrario, sucede bastante a menudo incuso entre los mejores guerreros).

Se abre el telón… no hace falta que os diga cuál es la película, supongo.
Se abre el telón… no hace falta que os diga cuál es la película, supongo.

Y luego me dije a mí mismo “¿y por qué no explicas un poquito de esto en el número de este mes para que la gente entienda lo que tendría que pasar si se produjese tal eventualidad?”. Bueno, pues le he hecho caso a esa voz rara que a veces me dice que queme cosas (sobre todo a Esperanza Aguirre, la cual arrolló recientemente a un policía cual jinete desbocado a la carga) y he venido a hablaros un poquito de tácticas militares en el mundo antiguo (al menos en época romana).

Muchos de vosotros seguramente tengáis en mente grandes escenas de cine al más puro estilo Señor de los Anillos (los Rohirrim cargando contra los orcos en los campos del Pelennor en El Retorno del Rey) en las que se contempla a caballeros arremetiendo y aniquilando con toda tranquilidad y relativa impunidad a ingentes masas de desmontados soldados. Y sí, eso es frecuentemente lo que pasa… pero no siempre.

¡Por Rohan! Esto es de Las Dos Torres, que conste.
¡Por Rohan! Esto es de Las Dos Torres, que conste.

Como combatiente individual, el jinete es un elemento más peligroso que el infante, pues goza no sólo de una plataforma de combate desde la que tomar a soldado de infantería desde arriba, con el consiguiente efecto moral que eso conlleva, sino porque cuenta con la inestimable colaboración de su caballo para provocar el pánico en el enemigo. No obstante, debéis saber que ello no implica que los jinetes de un ejército se arrojaban gozosos sobre la infantería enemiga a la primera oportunidad que tenían. Las colisiones épicas, en realidad, eran muy poco frecuentes en la Antigüedad, y de producirse, tenían todas las papeletas para salir dolorosamente mal.

Detalle de un sarcófago del siglo II a. C.
Detalle de un sarcófago del siglo II a. C.

Antes de seguir explicándoos el asunto, habría que comentar la diferencia entre dos términos que, aunque pudiese parecer lo contrario, no son acciones que se desarrollan una tras otra automáticamente en el combate de la caballería contra la infantería: la carga y el choque. De hecho, el choque casi nunca se produciría contra una línea de infantería pesada. La caballería cargaba, pero si la línea enemiga se encontraba en orden cerrado, no se producía el pulso. Es cierto que, comparado con el ser humano, el caballo es un animal grande y puede llegar a ser atemorizador, pero en circunstancias normales, un caballo (aunque esté preparado para la guerra) no galopa hacia un obstáculo que no pueda saltar o sortear, y definitivamente no puede saltar o encontrar una vía a través de una sólida línea de hombres armados en formación. No llegaban al contacto con un frente continuo de lanceros o piqueros enemigos; en lugar de ello, giraban antes de la colisión, suponiendo, claro está, que no fuesen antes los propios jinetes los que iniciasen la maniobra, poco deseosos de verse ensartados en las armas enemigas. Se puede afirmar, por lo tanto, que el combate de caballería es, en gran parte, una cuestión de moral (más todavía que toda la guerra del mundo Antiguo en sí, que lo es, y mucho): el objetivo del caballero era conseguir que el adversario vacilase y emprendiese la huida.

¿Vosotros no saldríais corriendo si se os viniese encima algo así…?
¿Vosotros no saldríais corriendo si se os viniese encima algo así…?

Si bien es cierto que la caballería no se abre paso a través de una línea continua de infantería pesada, sin embargo, no es menos cierto que un ataque de caballería puede romper la línea y provocar el pánico en la misma. En circunstancias normales, un hombre no suele ponerse en el camino de un caballo al galope, optando bien por correr o bien por buscar refugio; en este sentido el infante debía armarse de auténtico valor para mantenerse en su puesto cuando caballo y jinete cargaban contra él; sólo si tenía los nervios bien templados y sabía lo que tenía que hacer, habría conservado su posición dentro de la formación. En ese sentido, si la línea de infantería se rompía, la caballería podía atacar directa y fácilmente a la infantería. Una de las decisiones más difíciles de tomar por un jefe de caballería en muchas ocasiones era la de saber cuándo el enemigo, a pesar de la aparente resistencia de su formación, se había desmoralizado y era vulnerable a la carga. En este caso, los errores de cálculo podían ser fatales.

En este sentido, las tácticas empleadas contra la infantería pesada eran generalmente de escaramuza, para intentar romper la cohesión de la formación y, entonces, cerrar sobre ella y atacar cuerpo a cuerpo. Las formaciones de caballería avanzarían aparentemente en línea recta contra el enemigo, intentando romper el aguante de la formación contraria fingiendo un choque directo e inminente; si esta maniobra no tenía éxito, los jinetes giraban hacia a derecha y hostigaban a la línea mediante el lanzamiento de jabalinas mientras se protegían con el escudo; cuando terminaban esta fase giraban de nuevo y se dirigían a sus propias líneas para reorganizarse. Esto lo podían intentar varias veces, pues los infantes no podrían saber cuándo ese choque se iba a hacer realidad (¿sería la siguiente la carga definitiva?), provocando el aumento de la tensión hasta hacerla insoportable y que el enemigo flaqueara y comenzara a desorganizarse y huir.

No te hagas el chulo, romano. Todos sabemos que eres un farolero.
No te hagas el chulo, romano. Todos sabemos que eres un farolero.

La caballería, por el contrario, era especialmente efectiva contra fuerzas dispersas de infantería ligera sin protección, ataque ante el que este tipo de tropas se encontraba prácticamente indefensa y sin posibilidad de seguir resistiendo como unidad. A mayores, la caballería por lo general era utilizada para perseguir a un ejército derrotado. Tras el duro combate, las fuerzas de infantería se encuentran cansadas y no pueden correr rápidamente detrás de los enemigos huidos, sobre todo sin romper la formación (perseguir al enemigo de forma desorganizada es un error fatal que puede invertir a situación completamente), con lo que los jinetes se mostraban como las unidades idóneas para tal empresa.

Un grafito de Dura Europos que muestra a un clibanario. Siglo III después de Cristo.
Un grafito de Dura Europos que muestra a un clibanario. Siglo III después de Cristo.

En fin, amigos, así eran las cargas (que no choques) de caballería en la Antigüedad, por lo menos en el mundo romano. Tal vez no sea un tema muy interesante para vosotros, a no ser que, como yo, seáis unos tards de las batallitas militares. Pero al menos dejad que os deje en el aire una última reflexión, aunque sea bastante ñoña y cursi: al igual que os comenté en el artículo sobre las batallas en el mundo griego antiguo, si una lección para los tiempos modernos podemos aprender de nuestros antepasados de la Antigüedad, es que en tiempos de dificultades, por crudas que pinten las cosas, por muchos enemigos que carguen contra nosotros, implacablemente, una y otra vez, si nos mantenemos unidos, codo con codo, escudo con escudo, sin romper la línea, lanza en ristre, seremos capaces de superar lo que sea.

Así pues, me despido una vez más, amigos míos. ¡Que no os atropellen los políticos corruptos!

 

Fuente: MENÉNDEZ ARGÜÍN, A. R., El ejército romano en campaña. De Septimio Severo a Diocleciano (193-305 d. C.), Universidad de Sevilla, 2011.

 

 

 

 

 

 

 

 

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