Pluma y Tintero: Brujas y Monstruos (3ª parte)

¿Qué pasa cuando las minorías silenciosas dejan de ser minorías?

Siempre viví en el convencimiento de ser un bicho raro. Alguien poco o nada grato para los legítimos habitantes del planeta. Por ello, llamémosle prudencia o cagalera existencial, me he cuidado muy mucho de que mis rarezas trascendieran al público. Durante un tiempo lo fui consiguiendo a base de aislarme, de vivir lejos del contacto del pueblo. Me fue regular: parece ser que la vida en comunidad es imprescindible y, si no entras en el abanico de posibilidades de la sociedad, pones nerviosa a los padres y das miedito a los crios. Para integrarme plenamente y ser una honrada y decente vecina, tendría que pasar un exámen de por vida. Fichar todos los días, dejar que me pasaran revista, acudir a un mínimo de eventos, excusarme de no ir. Dejar atado y bien atado mi comportamiento. Todo por la medallita federada de Normal.

El medio anonimato que brindan las grandes ciudades me dejó una tercera vía mixta: en sociedad pero marginalmente. Ser normal, pero con algunas taras que permitan dormir bien por las noches al común de los mortales al no tener que buscar una explicación para mi existencia, mayormente porque ya se la da el San Benito que me cuelguen. No todos los prejuicios iban a ser malos.

Etiquetas como loca, alcohólica, de una secta, asocial… vienen como anillo al dedo.

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Como yo otros tantos. Me fui encontrando con especímenes muy raros en mis devenires. La mayoría ha muerto ya,  generalmente fruto de la mala  vida que llevaban. Otros desaparecieron y los presupongo muertos por una simple cuestión de años. Aún no me tocó coincidir con nadie a quien el tiempo también le guiñe el ojo con picardía. Un buen puñado de abortos de la naturaleza. Y eso sin contar a los que no llegan a tomar conciencia de su condición. Esos que no tienen la rebeldía, el coraje o la suerte de encararse a su esencia y reconocerla como propia, y dejan que el propio sistema al que pertenecen (hambriento y depredador sistema) se haga cargo de ellos. Mi nieta es un ejemplo. Hija de parias acabó en un centro de acogida. Padre desconocido, madre yonki. Le diagnosticaron autismo y alguna otra cosa más sin miramientos. No le importaba gran cosa a nadie. Tal vez al ego de una de las encargadas de aquel basurero, que aún tenía más que decir cuando conseguí llevármela.  Estuvo medicada desde que su estómago consiguió no vomitar las pastillas, y su vida consistía en una habitación donde esperaba la siguiente visita del médico asignado para el programa de educación especial. Atontada, sin dar problemas y satisfaciendo el ansia de condescendencia de los que necesitan pensar que son mártires y se ganarán el cielo de puro bueno. No me parece probable que pudiera llegar  hasta ella si sus padres fueran preocupados progenitores que se desviven por su criatura y que, queriendo sólo lo mejor para ella, la entregaran con fe ciega a la ciencia. El cómo la encontré es material para otra historia o dos.

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Excéntricos, estafadores, bohemios, artistoides, buscavidas en general. Oficios todos liberales y solitarios, como quien dice. Algunos gurús espirituales para hippies, por no meterlos llanamente en la casilla de estafas varias. Locos y enloquecidos que gritan en la plaza pública que ellos son la respuesta, que Dios les ama, que han visto lo que hay más allá.

No somos legión, desde luego. Puedo entender que pasemos un poco desapercibidos… ¿pero tanto? A todas horas llamamos la atención de alguien; cientos de historias circulan en libertad en forma de leyenda al mismo tiempo que antropólogos intentan explicarlas y buscarles fundamento. Lo sobrenatural sigue siendo tema de conversación en las sobremesas de San Juan y en las juergas de estudiantes.

Pero todo esto no acaba aquí. ¿Por qué creer que todos aquellos que no cumplen la definición que la ciencia da a ser humano han seguido pasos desdichados? ¿Por qué presuponer que sólo queda el alma atormentada y la incomprensión del mundo? ¿Acaso alguien con una intuición aguda para los negocios está desvalido? ¿O alguien con un irresistible carisma al que todos desean tener a su lado?

¡Oh, pobrecito freak, mientras te bañas en millones lloras porque te sientes distinto al resto! Pues ten cuidado, no se te atraganten los billetes.

Los acontecimientos de los últimos meses habían trastocado mi concepción de las cosas. El tufillo de una conspiración me cosquilleaba la nariz sin dejarme estornudar. Ya pasaran tres meses desde aquel día en el que desperté en un molino, sin tener ni idea de cuanto suman dos más dos, a horas de viaje de mi casa y con síntomas de haber estado inconsciente días. En todo ese tiempo apenas había empezado a recuperar la memoria a fragmentos y casi siempre mediante sueños. Esa sí que era una perrería. Nunca en mi vida soñé. Desde esa verbena improvisada, sin embargo, no puedo ni cerrar los ojos sin que la psique me lleve al cine. Ya no descanso ni dormida. Por lo menos es gratis.

Estaba claro que aquel regalito me había tocado en la tómbola por jugar demasiados boletos. Investigando la vida de un Trasgo muerto, hice las preguntas equivocadas a las personas equivocadas. No estaba tan pirada como para repetir mis pasos sin tener una clara idea de por qué. Además sería grotesco. ¿Se imaginan? “Hola, buenos días. Es posible que ya hubiéramos hablado sobre esto y le hubiera hecho las mismas preguntas. El caso es que no me acuerdo. ¿Le importaría fingir que no me conoce de antes? Me sentiría más cómoda. Un poco más de vino, por favor. Gracias.”

Pensé en seguir desde la distancia, en plan acosadora, a los que tuvieran relación con el difunto. A todos. Durante días. Hasta que alguno, tal vez, se comprometiera en algo.

Agotador y con toda seguridad inútil: alguien capaz de limpiar una mente con tal de que no le descubran, habría borrado un poco mejor sus pasos.

Encamada como estaba, tampoco me apetecía mucho intentar un imposible. Así que dediqué todas esas noches de insomnio y todos esos días de duermevela a la especulación, que a estas alturas ya debe de ser mi deporte favorito.

El viejo Daniel insistía en visitarme dos o tres veces por semana. Con la excusa de traerme precocinados baratos y remedios de teletienda, me auscultaba espiritualmente. Vive en el convencimiento de que nada es casual. Toda acción es premeditada y, por lo general, con maldad. Para él, mi estado sólo era explicable por una maldición arcana e inaccesible. Pero, por supuesto, no debía temer nada. Él, gran maestro del Todo y la Nada, conseguiría sobreponerse y acabar con el mal. O acabar conmigo de aburrimiento, añadiría yo. Cuando le sugería que no era necesaria tanta molestia, él chasqueaba la lengua y meneaba la cabeza. “¡Eso me repetía el pobre Trasgo, y mira como acabó!”. Por suerte, mi nieta sabía aparecer en el momento oportuno con una botella (o dos) de vino para deleite del invitado. A los pocos vasos, el gran maestro ya divagaba acerca de temas más mundanos como novias que nunca tuvo o acreedores violentos poseídos por Satán en alguna de sus formas, que le reclamaban deudas inventadas tridente en mano.

Fue una tarde de abril. Para entonces ya me sentía con fuerzas como para moverme con libertad por la casa. Recuerdo que estaba intentando sintonizar la radio cuando oí unos pies frotándose el barro y la lluvia en el felpudo de la puerta. Daniel jamás tendría ese detalle, pensé. Apagué instintivamente el cacharro. Si es un vendedor o un sectario de esos, ya puede cansarse de timbrar. A ver quién tiene más paciencia. Esperé en silencio, pero el fulano parecía no decidirse a llamar. Igual se convence de que no hay nadie en casa. Qué raro que no llame. ¿Estará estudiando los detalles de la casa para saber a quién vender? Con mucho cuidado de que no me delataran mis pasos, me fui aproximando a la mirilla de la puerta. Agudicé el oído, pero salvo el repiqueteo del agua, parecía no haber nadie fuera. Al inclinarme hacia la puerta, una voz indefinida habló detrás de mí.

– Parece que al final fui yo quién tuvo más paciencia.

El sobresalto fue mayúsculo. Vamos, que casi me caigo de culo del susto. Agarré del paragüero lo primero que fuera empuñable, que resultó ser una de mis muletas (al menos no fue un paraguas plegable). Avancé medio en penumbra hacia aquella voz. Encendí de golpe la luz de la cocina y me preparé para el asalto.

Y allí estaba él, trajeado a la antigua, tan pancho, sentado a la mesa con su pose aristocrática y su reloj de bolsillo asomando bajo la chaqueta calculadamente abierta. Intentaba con poco éxito rellenar dos copas con los posos de varias botellas.

Yo no me decidía entre seguirle mirando boquiabierta o arreglarle la napia de un muletazo.

Empecé a gritarle, pero no pasé de la primera sílaba. Me hizo un gesto con la mano pidiendo calma. Por razones ajenas a mi voluntad, surtió efecto.

-Baje ese hierro. Aún se va a hacer usted daño.

Qué remedio. Me pareció buena idea hacerle caso y utilizar la muleta para lo que fue concebida. De todos modos, no tenía muy claro si habría mucha diferencia entre atizarle a él o atizarme a mí misma.

Seguro que se pregunta qué hago yo irrumpiendo en su casa sin ser invitado. Sé que es muy descortés por mi parte… pero la otra alternativa no tuvo muy buenos resultados la última vez. Creo que se acordará bien.
Soy una pobre anciana cansada. Le agradecería que fuera al grano.

Me acercó una de las copas a medio llenar con ceremonial parsimonia. Lo de crear atmósferas y efectos se le daba bien.

Verá, amiga mia. Dada mi naturaleza, no creo que nada de lo que le cuente será novedoso para usted. Los señores a los que debo mi existencia sólo querrían oir de sus labios que está de acuerdo con reunirse con ellos, en un lugar y fecha convenidos.

¿Y desde cuando esos señores necesitan de mi consentimiento para hacer o deshacer nada?
El poder de las palabras, querida, todavía hay quien lo respeta. Este es ni más ni menos que un contrato verbal, por el que se compromete a un viaje de no retorno.

Suena… tentador, qué duda cabe. ¿Pero por qué iba yo a aceptar algo así?

Como única respuesta, una risa severa que parecía prodecer tanto de mi interlocutor como de mi cabeza. Una risa que decía “en este punto de la historia, tanto un sí como un no abren la misma puerta”.

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FIN

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