Caballo de hierro: Oda en prosa al fútbol bobo

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Se escucha, se dice, que eres para la masa. Los de los libros te llaman opio y tan anchos se quedan barriendo para casa. Personalísimas tintas viven de llenar folios sobre el balar de tus millares de óvidos. Y tal vez tengan razón, pues más se enreda hoy pensando en la cartera que sintiendo con el corazón. Los últimos que elegían en las pachangas son ahora los primeros: en el suyo ha entrado tu juego, y esta vez no hay empates. Eres otra de sus rameras, pues no has sabido alejarte. Tu entorno, la culpa es de tu entorno; nunca debiste fiarte del pez gordo. Te vendió al mejor postor, hoy ya no del césped el verde que importa al promotor. Desde entonces, pocos te veneran por lo que eres, sino por lo que representas, desde hace un tiempo observan al balón las miradas atentas, ojos apuntan al papeleo de las carpetas.

Antes molabas”, dicen los mayores, y que había menos fijarse en las botas y mucho más en las jugadas. Por lo visto, debió ser como en el cine: con el protagonista era en blanco y negro todo se hacía por lo tierno. Empezó la cosa a joderse cuando los de las mansiones miraron al jardín, percatándose de que allí podrían engrosar el maletín. Luego los del palco, esos que mezclan, sin pudor ni reparo la gomina y el tabaco, te hicieron amargo. Ahora solo importan el DIN A4 y los ceros de los contratos. Contratos, contratos millonarios, unos pocos cerdos a dos patas, la hermosa fiesta desbaratan. ¡Ay!, del humilde barrio hasta el hotel y del campo a los juzgados, un camino de destino accidentado.

Pero oye, yo te quiero igual. Por qué tú no pecaste en nada, por qué sé que las piernas tienes atadas. Por qué, cuando el espíritu del Diez corre por la banda, llevado por el viento, gambetea al torpe lateral y le tira un caño al que viene de frente mientras parece reírse de sus muertos, se sonrojan mis adentros (tal belleza me ofende). Para ese, y para los de las faltas por la escuadra o los de la palomita a mano cambiada, se debería elaborar un código legal, especial, que proteja a los héroes de pasto de un destino infausto. Prohíban, por favor, al futbolista no ser pasional y aún más de políticamente correcto ser; sálvalo, Dios, del pecado original, impide a las serpientes de corbata dar a él su veneno a beber. No les dejes escapar de las emociones humanas, para que nos hagan disfrutar cada jornada; aunque dales en mi nombre un menor salario a cambio de un mayor trabajo.

Y diles a todos esos, a los que jamás tocaron un balón, cuando suban a tu puerta o los encuentres por doquier, que aquí, en el más acá del televisor, existe gente jugando en las aceras de cemento, a la que le importa un pimiento, el peinado de tu defensor y los horarios del entrenamiento. Que sepan también que su tren no siempre para en este andén, pues se lo cuentan a los niños que les creen, para que después se caigan cuando están soñando y al levantarse nunca llegan más arriba que al andamio.

Parece deber ser que ahora los once contra once, mediados por el que va de luto, se convierte en mi placer oculto; se comenta en las conversas de biblioteca, que no se debe leer a Vargas Llosa mientras se ama a Maradona. Así, maldigo al futbol de sobremesa al igual que admiro al killer que remata por sorpresa; aborrezco tanto a la FIFA como a florentinos y laportas, por eso de que amo las chilenas y rabonas. Por eso yo, Álvaro Romero, al futbol moderno juro odio eterno; no se olviden los de afuera de la cancha, que la pelota no se mancha. Amén.

Álvaro Romero Lago

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