Editorial: Sangre árabe

Se abre un abril que cierra un marzo para olvidar. Los atentados en Bruselas nos recuerdan que la barbarie y la sinrazón  siguen al acecho, pero sólo se hacen con las portadas cuando las víctimas son europeas. Como si fueran las más importantes, como si fueran las únicas o, peor aún, como si fueran la mayor parte.

El  terrorismo sólo acapara portadas cuando las víctimas no son árabes porque la nota discordante es la que llama la atención.  No conviene olvidar que árabe  es la sangre que más derrama esta locura armada y religiosa.

Y es que el pueblo árabe sufre por duplicado:  en muchos lugares deben luchar y sobrevivir a enajenados que no dudan en inmolarse con tal de arrastrar consigo a la mayor cantidad de inocentes posible. Y aquí en Europa deben lidiar contra el permanente estigma de supuestos terroristas que pesa sobre ellos allí dónde vayan gracias al miedo y los prejuicios que desatan y extienden los pocos atentandos que tenemos la desgracia de sufrir. Porque los mismos europeos que se solidarizan con las víctimas de Bruselas, les cierran las fronteras a los refugiados.  Porque los mismos europeos que lloraron por Francia, aparentemente, desconocen que la comunidad árabe es la que más sufre esta epidemia de violencia y la que más ayuda necesita.

Hoy mismo  un recluta de la Policía egipcia y un civil resultaron muertos a causa del estallido de un artefacto en Al Arish.  En Turquía un refugiado sirio ha muerto y otras once personas han resultado heridas en un ataque con coche bomba.  Ayer murieron tres policias en Irak como resultado de la explosión de otro vehículo. Podría poner más ejemplos, pero creo que ya véis por dónde voy.

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