Columnistas: Docencia y afectividad

Normalmente cuando estoy escribiendo un texto que ya ha sido escrito en mi imaginación veo también el título en mi mente y no me cuesta apenas desarrollar las ideas. Supongo que eso es así porque hace mucho que mi principal afición es la palabra escrita.

Sin embargo, no ha sido así con este artículo. Las ideas principales estaban ahí, pero se agolpaban en mi mente, como queriéndome impedir que vislumbrara cuáles eran las principales y cuáles las secundarias. Varios posibles títulos saltaban al encabezamiento para instantes después retirarse sintiéndose inadecuados. Algunos de ellos eran “Crónicas de un ACE 2”, “Profesionalidad y afectividad” o “No importa sentirse querido”, entre otros.

Ciertamente, este texto se deriva de mis experiencias en el ACE, como es previsible que lo hagan las aportaciones de los próximos meses. Como expliqué el mes pasado, este tipo de aulas son grandes desconocidas y también lo eran para mí hasta que me he visto formando parte de una de ellas. No obstante, tampoco era adecuado titular este texto como “Crónicas de un ACE 2” cuando lo que quiero reflejar aquí es algo extrapolable a otros ámbitos distintos.

El segundo título me resultaba pedante, pues muy buenos profesionales pueden no concordar con lo que voy a exponer. El tercero lo descarté porque suena a crítica lastimera, a autocompasión, y tampoco es eso lo que deseo transmitir.

Muchas veces se habla de magisterio como una carrera que ha de ser vocacional. A pesar de los tópicos sobre nuestras vacaciones y nuestra estabilidad (que ya he desmontado en artículos anteriores) somos uno de los colectivos con mayor estrés laboral y es un estrés con el que hay que tener mucho cuidado porque lo habitual es que trabajemos con gente en las edades más vulnerables de sus vidas y somos una figura de referencia para ellos en lo social, educativo y afectivo.

En las etapas de Educación Infantil y Primaria, esa ascendencia afectiva es tal que toda maestra puede afirmar que ha sido llamada “mamá” alguna vez por error. Los chiquillos, incluso aunque haya días en los que se enfaden y se porten de modo inadecuado, te obsequian con abrazos, sonrisas, anécdotas, dibujos, pulseritas… y eso es todo un caramelo para el docente que, aunque no trabaja por ese caramelo, desarrolla un vínculo tan fuerte con sus alumnos como el que sus alumnos desarrollan con él. Son “sus niños”.

Ahora situad a ese maestro o a esa maestra que tantos conocemos en un ACE. Como normalmente no nos imaginamos según qué situaciones en España, nuestra siguiente referencia suelen ser películas y series americanas, como “Mentes Peligrosas”. Ahí no hay abrazos, dibujos o pulseras. Si tienes la suerte de que enseñas un área práctica, suelen estar más motivados porque la motivación hacia el trabajo y hacia el salario es más obvia y porque en un terreno no académico se sienten más capaces. Sin embargo, si te toca dar algo tradicionalmente escolar, te los encuentras totalmente en contra porque llevan muchos años de frustración, fracasos y odio. Que te insulten, te amenacen o intenten agredirte entra dentro de lo que se considera normal en ese puesto.

Sin entrar ya en el debate metodológico de cómo debe afrontarse la enseñanza de estos chicos o qué recursos son necesarios (no entro ahora porque pretendo entrar el mes que viene) encontrarse con un entorno tan hostil de entrada nos interroga de manera contundente sobre la naturaleza de nuestra vocación:

  • ¿Qué nos gusta de esta profesión, enseñar o ser queridos?

  • ¿Pensamos que ser queridos es el fruto natural del trabajo bien hecho o puede haber circunstancias en las que la reacción al trabajo bien hecho sea la ira contra nosotros?

  • ¿Cuál ha de ser la fuente de nuestra motivación en un alumno que ni nos va a tener estima ni va a obtener ningún título directo como consecuencia de nuestra labor?

  • ¿Cuáles han de ser nuestros contenidos mínimos a enseñar? ¿Qué hará falta realmente a nuestros alumnos? ¿Les hace realmente falta algo de lo que le estamos ofreciendo? ¿Es útil lo que hacemos?

Aparentemente es sencillo. Los docentes buscamos enseñar. En un entorno sano obtenemos reconocimiento, pero cuando el entorno no es sano, desatar iras y odios es una reacción lógica que, por sí misma, no nos debe hacer dudar de nuestra competencia. La importancia de lo que enseñamos se basa en ayudar al alumno a desarrollar competencias que le servirán para enfrentarse al mundo, aunque nunca vayan a obtener un título. Competencias que, tal vez, les sirvan para no acabar sumergidos en la marginalidad y la delincuencia.

Lo complicado es recordar esto y mantener la motivación cuando insultan, amenazan, no escuchan y, además, a largo plazo, más allá de lo que salga en estas películas americanas, normalmente nunca te van a dar las gracias.

No sólo debería ser intrínseca la motivación de nuestro alumnado. También debería serlo la nuestra.

Silvia Moreno.

Vocacional de la educación, interina en Madrid y coautora del libro “Diez criterios para orientar a los hijos al éxito” de CCS ediciones.

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