El hombre que emborrachó Roma

Título: La Grande Bellezza

Director: Paolo Sorrentino

Año: 2013

Guión: Paolo Sorrentino, Umberto Contarello

Música: Lele Marchitelli

Fotografía: Luca Bigazzi

Reparto: Toni Servillo, Carlo Verdone, Sabrina Ferilli, Serena Grandi, Galatea Ranzi, Isabella Ferrari

País: Italia

Metraje: 142 minutos

 

 

La Grande Bellezza de Paolo Sorrentino ha sido, a nivel de crítica, un triunfo poco menos que absoluto. Es cierto que el éxito de una cinta nos lleva en muchas ocasiones a afilar nuestra mirada y a disponerla al combate contra sus defensores. Pero esta película consigue hacer que ablandemos nuestras armas críticas hasta que, poco a poco, nos vemos abandonando la batalla y en posición de disfrutar, perdidos en la resonancia que su narración tiene con nuestra propia experiencia.

Resulta aún más extraño que una obra tan ambiciosa como ésta lo consiga. Después de todo, un par de escenas bastan para comprender que Sorrentino busca lo universal en lo aparentemente intrascendente, al mismo tiempo que observa el vacío desde el barroco abigarramiento de sucesos que acontecen a la gente importante. Y tanto la aparente profundidad filosófica de lo primero como la irreverencia y la iconoclasia de lo segundo están destinados a que nos armemos de sospechas tanto o más que los juicios positivos de la crítica. Nos parece que esas cosas están destinadas a salir mal, que dejarán al descubierto el prejuicio y la ignorancia de un autor que mejor habría hecho narrando una historia menos comprometida, sin dejar que se trasluciese su propia humanidad. Sin embargo, las mismas escenas, más allá de su excelente ejecución técnica y de la crueldad de las críticas que encierran, sirven para que nos demos cuenta de que la voz de Sorrentino posee una virtud especial, una especie de curiosa empatía, que desborda la orgullosa frialdad que muchas veces adoptan quienes cobran falsa consciencia de estar contando un cuento más importante que cualquier otro.

No estamos simplemente ante la exposición de un zoológico grotesco, aunque los monstruos campen por la pantalla, ni ante los excesos egoístas de un cineasta pedante que se cree en posesión de la verdad, aunque al terminar la película nos habremos hecho una idea más o menos clara de las simpatías y antipatías del director. Estamos ante la visión poética de algunas vidas, cruel casi siempre pero misericorde cuando interesa, que consigue ser naturalista a pesar de tratar sus situaciones y personajes con dosis bastante generosas de magia visual.

La clave que permite que se mantengan los delicados equilibrios que logran reblandecer nuestra beligerancia es, seguramente, Jep Gambardella. Gambardella (Toni Servillo) es el espíritu que conduce los acontecimientos de la película, y poco a poco nos enteramos de que él es la lente mediante la cual nos asomamos al mundo romano de Sorrentino.

Precisamente la mirada es lo primero que nos sorprende: la cámara nos introduce a través de esos recovecos romanos a los que la curiosidad nos llevaría si estuviésemos en la localización de la escena. Y Sorrentino hace algo que le pedimos al cine: nos sitúa mediante el arte en localizaciones que están vedadas a nuestra mirada cotidiana, y satisface nuestro morbo con paradójica nobleza. Un turista se cae, cámara en mano, y nos sorprendemos reflexionando sobre nuestra propia manera de mirar, pero lo hacemos con ligereza, sin el peso tantas veces estéril de la teoría.

Y aterrizamos frente a Jep, en su reino nocturno. Desde ese instante la película se convierte en un estudio de frustraciones y triunfos. Jep, ya anciano, es un escritor, o al menos lo ha sido en algún momento. Aparentemente ha incumplido todos los preceptos que se les dan a los jóvenes artistas. Escribió solamente bajo el imperio de la inconstante inspiración, en lugar de trabajar duro; se dejó seducir por la complacencia propia del bienestar económico; se entregó al mundo de la superficie y decidió conscientemente ignorar lo profundo. Y así se nos presenta, aparentemente satisfecho de si mismo, y haciendo flotar el aroma de su gomina, su whisky y su aftershave entre vaharadas de tabaco y sudor. Es su cumpleaños: la música es barata, remezclas exageradas de éxitos de otros tiempos, propias de bar de viejos. Al alcohol invita él. El mundo cultural de Roma baila a sus pies, y le devuelve sus aristocráticos favores recibiéndolo en todas sus fiestas. En la mirada de Jep se hace hueco, sin embargo, un punto de amargura. De entre la multitud de “amigos” que celebran su día, busca su refugio entre los de siempre: el viejo compañero de fatigas, su siempre preocupada asistenta suramericana y su sarcástica editora. Nos parece que Jep ha partido ya en busca de algo, mientras la cámara nos hace escudriñar junto a él sus rincones romanos. Intuimos que no está satisfecho, mientras lo vemos mantener su prosperidad, malgastando su talento en entrevistas con personajes que no le merecen más que desprecio. Y su búsqueda, motivada por esa esa ausencia de satisfacción, permanece delicadamente velada, aunque acabe por convertirse en el hilo conductor de su aventura.

Pero Jep no es un héroe. Su presencia ante la cámara es enfermiza, a veces repulsiva, y se extiende hacia el espectador con el mismo ritmo lento y melifluo con el que el alcohol se hace sentir en los nervios del borracho. Jep mantiene el silencio, y el mundo narrativo de la película continúa, aunque ya ha comenzado a intoxicarse. De repente, el escritor habla, grita, insulta, se mantiene burlón y desafiante. Dice su verdad que, a veces, por coincidencia o sentido común, es la nuestra. Carga contra sus supuestos amigos, contra el escenario de papel pintado que se ha estado construyendo desde que por vez primera conoció el éxito. Ataca su propio triunfo como Rey de lo Superficial, y vomita bilis sobre la corona que certifica que sus fiestas son las mejores de Roma. Aunque sigue mostrando orgullo por su fidelidad a los sueños de muchacho atolondrado que lo condujeron a su éxito social, ahora se mofa de quienes le ayudaron a cumplirlos.

Como decíamos, Jep es como el alcohol. Y como el alcohol cuando sienta mal, nos volvemos contra él. ¡Vaya gilipollas, Gambardella! pensamos, cuando vemos al hombre execrar a los responsables de su triunfo, con mirada orgullosa. ¡Vaya mierda, el alcohol! pensamos, cuando sentimos la rebelión de nuestro  estómago ante incontables errores de cálculo y claudicaciones a las tentaciones nocturnas. Pero lo mismo que nos lleva a sentir cierto rechazo por Gambardella es lo que nos conduce a los puntos de no retorno en que el alcohol se hace excesivo: nuestro propio deseo. Porque cuando Jep carga contra su mundo, no podemos evitar estar con él. No podemos retirarle nuestro apoyo,  porque él mismo manifiesta su hipocresía. Y cuando pierde las formas y cede al orgullo, la realización de Sorrentino nos hace caer con él. Cobramos entonces conciencia de que en ocasiones lo envidiamos, y en otras le somos demasiado semejantes. También sus amigos tienen esa conciencia, aún cuando se le enfrentan o intentan silenciar sus verdades.

La delicadeza del guión y la intención de sus autores nos hace pensar que, en ocasiones, esta Gran Belleza es una especie de documental sobre cierta magna sordidez, sobre el telón de fondo de engaños y deseos que se encuentra tras el mundo extraño y privilegiado de la intelectualidad italiana, que Sorrentino sin duda conoce bien. Vemos una Roma en perpetua caída que vende y compra superficies bajo arcos de palacios, grandes pinos y palmeras. En la planificación de las escenas hay gran influencia de las artes plásticas, pero donde uno esperaría hallar encuadres neoclásicos y durezas de mármol propias de la capital del Imperio, se encuentra con una curiosa mezcla entre el rococó y el expresionismo. El mundo por el que se arrastra la cámara hace que Jep, aparente rey del caos, acabe por convertirse en poco menos que el único referente estable sobre la escena. Su mirada disecciona a los sacerdotes y sus continuas profanaciones, a los mercaderes del arte y su tiranía sobre los creadores, a los políticos de conveniencia, a los bandidos que frecuentan sastrerías y la frialdad de quienes buscan medrar. Roma es volátil, febril y malévola, y Jep el mejor guía para nosotros y para todos aquellos personajes que, sobre las podridas tablas de ese teatro milenario, aún consiguen mantener un poco de ingenuidad.

Porque lo que Jep busca es algo parecido a la ingenuidad, después de todo. Después de balancearse al ritmo de la música que le impusieron el dinero y los restos maltratados de su deseo adolescente, se lanzará a buscar razones puras e inocentes. Entre ellas, la razón de su carácter creador, de sus fijaciones, de su abandono. Y encontrará una respuesta mucho más sencilla que el universo en el que ha aprendido a moverse, la respuesta indescriptible que le da nombre a la película. Algo que no ha podido comprender ni controlar a pesar de los laureles que ha ido acumulando con indolencia.

Como tantos ejemplos de arte de nuestro tiempo (sea ese Tiempo lo que sea), La Grande Belleza reflexiona sobre la propia creación de la obra, quizá buscando algo de la sinceridad perdida en eso que algunos llaman “postmodernidad”, adentrándose en el gran misterio del folio en blanco, único elemento inmaculado en la vida de Gambardella durante sus años en la “alta sociedad”. Contrastado con el fondo material de la Ciudad Eterna (tan temporal, en realidad, como el deseo sexual y la manipulación económica) la pulsión creativa de un degenerado como Jep deja entrever la necesidad de algo perdurable, de algo capaz de unirlo a sus lectores, amigos y amantes genuinos, y de extenderlo más allá de su cuerpo cansado. Precisamente cuando la Iglesia hace acto de presencia, entre incienso y milagros, se nos manifiesta que el único reflejo de lo sagrado que podemos encontrar está en el espejo deformante de Gambardella, y no entre los oscuros administradores de ritos y su orgullo vaticano.

 

Antes de terminar, debemos volver sobre el aspecto técnico de la película, que nos sitúa en los lugares cruciales de esa Roma devoradora y nos hace comprender sus deseos, sus placeres y su hastío. Nos hace mirar el mundo grotesco de la riqueza como quien se encuentra a la deriva, ya no buscando la tierra o la salvación, sino algo tan humilde como una dirección a seguir. La morbosa elegancia del ritmo y la escenografía es un complemento perfecto a un guión que podría haber exagerado mucho más sus sentimentalismos y su duración, lo que habría deformado los elementos realmente importantes de su mensaje. Y aunque éste responde en buena medida al viejo tópico del desprecio de corte y alabanza de aldea, el casi coreográfico empleo de los recursos y efectos visuales hace difícil escaparse a la seducción de su moraleja.

 

Dimas Fernández Otero

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