Café para la Jerusalén de la industria

Título: O Lucky Man!

Director: Lindsay Anderson

Año: 1973

Guión: Malcolm McDowell, David Sherwin, Lindsay Anderson

Música: Alan Price

Reparto: Malcolm McDowell, Ralph Richardson, Rachel Roberts, Arthur Lowe, Helen Mirren

País: Reino Unido

A la sombra de un Hollywood que ya había abandonado su edad dorada y del cine de autor francés floreció en Inglaterra una particular escena cinematográfica, hoy en día injustamente olvidada. Lindsay Anderson fue uno de sus principales representantes: en su cine, la crítica social y las técnicas experimentales, elementos fundamentales de la llamada Nueva Ola Británica, van siempre de la mano. O Lucky Man! es sin duda su película más despiadada y excesiva, pero también la mejor.

Antes de dirigir O Lucky Man!, Anderson había conseguido, con sólo un par de largos de ficción y un puñado de cortos documentales a sus espaldas, convertirse en un referente del cine social del Reino Unido. Los largometrajes que lo habían situado ante el gran público son películas duras, cuya lente crítica buscaba no dejar intacto ninguno de los rincones oscuros de la sociedad británica. This Sporting Life (1963) analizaba los valores que se fomentan y florecen entre las clases populares y las tragedias personales de quienes los persiguen, mientras If… (1968) es un análisis tragicómico de la brutalidad sistemática del modelo inglés de educación secundaria y un brillante y profético estudio de la rebelión individual desesperada. Esta última película se hizo acreedora de la Palma de Oro de Cannes, y es la primera parte de la historia narrada por la que nos ocupa este mes. De la alianza entre Anderson y el guionista David Sherwin nace el personaje de Mick Travis, interpretado por Malcolm McDowell, cuyo furor adolescente en If… hizo de él un Alex ideal para la Naranja de Kubrick, con resultado histórico.

En O Lucky Man! nos reencontramos con Travis, que ya no es un escolar atrapado, sino un joven que se ha sacudido las esposas del sistema educativo y está dispuesto a entrar en el mundo adulto con cabeza alta y gran sonrisa. Su disposición encantadora y dócil lo convierten en el trabajador ideal, motivo por el cual sus superiores en la Imperial Coffee Company (su nombre es ya un elocuente presagio de las continuas burlas al orgullo británico presentes en el guión) lo escogen de entre otros muchos candidatos como el viajante de la empresa en la región Noreste de Inglaterra. Su predecesor ha desaparecido sin dejar rastro, y la orgullosa compañía de infusiones no puede dejar que la región caiga entre las garras de la competencia. Arman al muchacho con los atributos propios de de un solitario guerrero del capital y lo hacen marchar, arrojándolo al Mundo. Así comienza la odisea de Travis, en quien nos parece, quizá de manera ilusoria, ver un reflejo del ladrón de café que protagoniza el sorprendente cortometraje que sirve de prólogo a la película.

Ya en el homenaje al socialrealismo con el que se abre la película, McDowell despliega sus incómodas dotes expresivas.

El joven atraviesa el país intentando comprender la realidad de la extraña tierra prometida cuyas tiendas y cantinas debe proveer de café. Avanza, con su coche lleno de muestras y esperanza, a través de la Inglaterra industrial. Anderson elige mostrarnos un paisaje cruel, atrapado entre la desolación de un campo de amplitudes neblinosas y vacías, y la presencia de las fábricas y las minas, esos “oscuros molinos satánicos” que, a pesar de ser deplorados por el decimonónico Blake en su Jerusalén, no cesaron de crecer y multiplicarse, devorando vidas y arrojando dividendos.

Travis marcha como una especie de hada de ojos muy abiertos, que nunca acaba de introducirse del todo en el mundo humano, siempre acechado en su camino por nuevas sorpresas. Desde la banda sonora, acompañándolo en su labor, se alza una voz que vemos hacerse carne (Alan Price, teclista de The Animals). Esta voz nos informa, socarrona y desengañada, de cuáles son los valores que el joven ha de adquirir si quiere triunfar. Travis la obedece, y ya no intenta solamente integrarse en ese mundo humano que parece rechazar su anómala presencia, sino dominarlo. Es ese uno de los puntos que refuerzan la sensación de eterna elocuencia del film: uno no tiene que enumerar los valores que alientan al protagonista en su búsqueda de prosperidad y éxito, porque ahora más que nunca se hallan presentes en los venenosos consejos de tantos coach y demás siervos del comercio.

Travis es formado por una de sus superiores en las más contemporáneas técnicas de cata de café.

Travis encuentra mujeres que lo desean y hombres que lo agasajan, quizá por su carisma natural, quizá por ser el heredero de la rica red de contactos creada por su predecesor en el puesto. Nuestro joven se deja seducir por esas entrañas del mundo adulto de las que normalmente sólo se habla en privado y entre susurros: la ambición material, el sexo, el alcohol, la milicia y la religión se suceden y superponen, y la historia va adquiriendo poco a poco tintes de farsa cómica. El desfile de alcaldes, militares, millonarios, putas y beatas, y sus interacciones con el perennemente sorprendido Travis, joven modelo del capitalismo, nos hacen cosquillas hasta llevarnos a la carcajada. Pero cuando al fin miramos a los ojos a la monstruosa realidad que nos ha estimulado hasta hacernos explotar, no podemos reprimir un sentimiento de terror profundo. Lo que juzgábamos ficticio se convierte en imagen deformada pero esencial de lo que nos rodea, y nos damos cuenta de que Anderson ha transformado disimuladamente la inocencia de nuestra risa en sátira cruel. Nos la ha jugado: nos ha vuelto perversos con un engaño magistral, ha conseguido que nos burláramos de la fe que nos lleva a actuar día tras día, o al menos nos ha ayudado a ponerle nombre y cuerpo. Asomados a una sima que esconde aquello que forma parte de nosotros por el simple accidente de haber nacido bajo el capitalismo, O Lucky Man! se va volviendo desesperada, pero también nos comprende: aunque la comedia se vaya ennegreciendo, también va tomando forma en su corazón la posibilidad de una catarsis.

“Mi padre obtiene beneficios de 50 millones de libras y es el hombre más malvado con el que te puedes encontrar” “¿¡50 millones de libras!?”

No continuaremos exponiendo las aventuras de Travis: los giros laberínticos de la trama y sus efectos sobre la formación de nuestro protagonista merecen mantenerse como diálogo entre Anderson y el espectador. Podemos anunciar, eso sí, que nuestro hombre de suerte tirará los dados con gran fortuna, pero tendrá enormes problemas para cobrar sus premios. Golpeados por su ingenio y su azar, caeremos y nos levantaremos con él, muertos de risa y de miedo, celebrando el reflejo grotesco de nuestra sociedad que nos regala la pantalla.

Anderson confesó haber dudado de su poderío detrás de la cámara, y de su capacidad para llevar el excesivo guión a la pantalla. Durante la realización de la película, convivió con la patología del perfeccionismo, y no es para menos: la ambición del proyecto haría que cualquiera se encogiese. Pero en nuestra opinión, y a pesar de que la cinta no está en absoluto exenta de defectos, Anderson alcanzó con O Lucky Man! un sobrado triunfo. A pesar de ciertas irregularidades en su ritmo, la película consigue mantenerse en todo momento entretenida, y Travis es sujeto a suficientes gracias y desgracias como para que la risa cruel del espectador nunca se interrumpa por completo. Su mensaje ideológico consigue llegar al espectador sin el maniqueísmo que plaga muchas veces el trabajo de Ken Loach ni la suciedad seca y morbosa de filmes sociales contemporáneos como Fish Tank (Andrea Arnold, 2009).

Travis se ilustra sobre los modos más efectivos de garantizar que la ruína de un país tercermundista redunde en pingües beneficios económicos.

En el apartado técnico, algunos elementos sorprendentes como la banda sonora en vivo de Alan Price, el divertidísimo cortometraje inicial, las escenas de conducción o el trabajo sobre los planos ayudan a que nos dejemos hechizar por los elementos más mágicos del guión.

Tanto esta película como If… están especialmente recomendadas para los que disfrutaron de MacDowell en su papel de Álex, ya que su Mick Travis lo confirma como una suerte de maestro de la exageración contenida, que disfruta y hace disfrutar de la incomodidad intensa de su mirada y su presencia. La participación del actor protagonista en el guión no pasa desapercibida, y ayuda a que su personaje mantenga su solidez e importancia a través de las turbulencias del film.

En resumen, Anderson, Sherwin y McDowell, tanto por virtuosos como por críticos, deben figurar entre los grandes cantores del lado oscuro de la Gran Bretaña capitalista, cuyos males y bienes mantienen su patencia incólume a día de hoy. Si If… era un homenaje a la rebelión juvenil de los sesenta y un presagio de las posibilidades más terribles del hartazgo de los niños, su continuación es la biografía de alguien que ha intentado sin éxito expiar su pasado rebelde integrándose entre los hipócritas: vista después de Thatcher, O Lucky Man! se vuelve aún más amarga.

Lindsay Anderson canta con una voz que es británica y de su tiempo, pero también eterna, y lo hace con la gracia de un humorista y la crueldad de un luchador ya cansado. Cuando la carcajada termina, nosotros somos Travis: perseguidores de una “libertad” que nunca es nuestra por los laberintos de una Inglaterra universal.

Dimas Fernández Otero

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