Reseña: Guilty of romance

go site Cineuropa 2011, capítulo 1: Reos del Amor (una reseña de http://ecapguatemala.org.gt/poioe/3278 Guilty of Romance)

here Título: Guilty of Romance (Koi no Tsumi)

go to site Director: Sion Sono

http://metodosalargarpene.es/ebioer/4469 Año: 2011

http://ev-kirche-ergste.de/?debilews=singles-g%C3%BCglingen&b4c=55 Guión: Sion Sono

follow Música: Yasuhiro Morinaga

conoce chicas sin registrarse Reparto: Megumi Kagurazaka, Makoto Togashi, Miki Mizuno, Kanji Tsuda, Ryûju Kobayashi, Hisako Ôkata

citas online embajada de italia País: Japón

Viene de la Introducción

Miré a mi alrededor. Apenas habían pasado un par de horas, y algunas cabezas ya se habían rendido: reposaban ahora sobre los hombros vecinos, basculando entre el sueño y la consciencia. Yo sentía cierta saturación sensorial a causa del constante asalto cinematográfico, y la peste a bebida energética y Cheetos Pandilla que había ocupado el teatro no contribuía precisamente a reforzar mis defensas mentales. Ah, ¿cómo había podido olvidarme? Abrí la lata de bálsamo chino y me unté una cantidad prudente en la frente: si aquéllo había ayudado a los maoístas a mantener su vigor en la Guerra de Korea y a la dependienta a sobrevivir largas jornadas de inventario en el bazar familiar, era imposible que me dejase tirado. Al menos, consiguió atraparme en un aura protectora de alcanfor que alejó de mi los aromas ofensivos.

También me ayudó a mantener la cabeza fría, literalmente. Lo necesitaba: empezaba la primera película del famoso Sion Sono, lo que significaba que el asalto psíquico se recrudecía. Cadáveres mutilados, cámaras temblorosas, investigación policial: aquello iba camino de convertirse en otra exploración moderna de lo grotesco, pero de una manera muy diferente a la que Cineuropa nos había acostumbrado a esperar. De repente, desaparece la escena del crimen, dejando en su lugar la habitación de una pareja convencional de recién casados: ella modesta y servicial y él cubierto con una máscara de dureza intelectual. Yukio (Kanji Tsuda) actúa como un astro frío, imponiéndole a la vida de su mujer regularidades análogas a la esclavitud del mar frente a la luna. Izumi (Megumi Kagurazaka) se siente satisfecha: idolatra a su marido, famoso escritor de novelas románticas, aunque él desaparezca durante tardes y noches enteras sin darle ningún por qué convincente. Ella emplea estas ausencias en mantener la casa perfecta, soñar despierta y escribir en su diario. En sus novelas, Yukio promete un amor y una pasión que contrastan con la frialdad mecánica y casi asexual con la que trata a su mujer. Izumi acaba por ceder al aburrimiento y la soledad y empieza a fantasear con la belleza de amores ajenos, en los que cree ver realizado todo lo que prometen los libros de su marido.

El machismo de Yukio es evidente para el público e incómodo desde el principio, pero Izumi asume sin ningún problema el papel de sirvienta

Para huir de la monotonía solitaria del hogar, que poco a poco va consiguiendo oscurecer su ánimo, la joven decide buscar trabajo. Lo encuentra con facilidad: se encargará de promocionar salchichas en un supermercado de barrio. A los pocos días, una vez ha cogido soltura atacando a extraños con su sonrisa y sus raciones, la joven se gana la atención de la ojeadora de una productora pornográfica, que la invita a convertirse en su nueva modelo. Seducida por la confianza en la propia belleza que le brinda la oferta, Izumi consigue vencer su vergüenza y comienza a desplazarse hacia la «liberación» de su cuerpo. Cortejada por un compañero de trabajo, Izumi concreta las fantasías eróticas con las que entretenía sus tardes en una serie de relaciones adúlteras, que consigue conciliar de manera sorprendentemente sencilla con su esclavitud matrimonial. Después de todo, esta nueva promiscuidad vacía y su habitual servilismo comparten raíz en su fascinación por un Amor mayúsculo, ideal y tradicional: el único amor que su marido parece capaz de concebir, y sólo en las palabras de sus novelas. Si Izumi puede seguir sonriéndole a Yukio a pesar de todo es por su devoción religiosa a ese Amor, y por mucho que sus actos caigan en contradicciones, no puede rebelarse contra el gran «romance» en torno al que gira su identidad: es una cuestión de fe, no de razón.

El público, sin importar sexo, orientación sexual o género, rompió en vítores infantiles ante la desnudez. Y eso está muy bien

En su deriva entre los polos servil y sexual del «romance» Izumi logra recuperar algunas palabras y gestos que le habían sido arrebatados en su sacrificio a Yukio. Sin embargo, ni en el comercio con su imagen ni en la satisfacción de sus apetitos halla el cariño o la igualdad que los amores de tinta le habían prometido. Su encuentro con Mitsuko(Makoto Togashi) hará que los renglones que recogen sus convicciones y deseos se vayan borrando hasta dejar hablar a la abismal página en blanco sobre la que se había construido su divino Amor. Mitsuko es una profesora de literatura, proclive al aburrimiento y al existencialismo barato, que ejerce de prostituta en un Tokio paralelo de óxido y neón, buscando en el trabajo sexual la autenticidad y la substancia de la que cree que carecen las lecciones que repite cada día en la universidad. La fascinación de la protagonista por su experta decadencia la conducirá a hacerse también ella prostituta, quedando sometida entonces a la doble cadena del matrimonio y el proxenetismo. En este punto y cada uno a su manera tanto Izumi como su marido son profesionales del amor, vendiendo a extraños lo que no son capaces de concederse en casa.

De ahí en adelante, las experiencias de la protagonista mezclarán la intelectualidad vana y estéril con la criminalidad hedonista, habitando el lugar donde convergen todos los márgenes: el mismo lugar en el que se encuentra el retorcido concepto de lo sublime de Sion Sono, al que nos asomábamos por primera vez.

Cuanto Izumi se aleja de su prisión doméstica, los colores se vuelven brillantes, la imagen definida y los ángulos de cámara incómodos: parece que en el vientre de Tokio vive una ciudad diferente

Con enter Guilty of Romance, el director había conseguido dejarnos profundamente intrigados, hiriéndonos con terror y comprensión: nos daba una visión descarnada y excesiva de los extremos de la sociedad, aquéllos a los que nos gustaba asomarnos durante nuestras propias expediciones nocturnas. Nos daba sexo y cuerpos desnudos, y nos hacía cuestionarnos el amor romántico, al que nosotros también le echábamos tantas culpas, merecidas o no. Nos hacía imaginarnos a nuestros propios profesores perdiendo la cabeza, obsesionándose, prostituyéndose como la siniestra Mitsuko: imaginaciones maravillosamente catárticas para estudiantes cabreados como nosotros. Nos daba la carne que habíamos estado buscando en vano en Cineuropa, pero nos la daba podrida, y devorando como buitres la carroña que nos tiraba al grito de «no sois los únicos», cerrábamos por fin el pico, y ya no nos sentíamos ni superiores, ni inferiores, ni especiales. Nos paralizaba haciéndonos ver la legitimidad del tránsito de Izumi hacia el abismo, porque a través de su mirada comprendíamos que sus cadenas habían sido lo único que la había mantenido a salvo de la caída. Por más subversivos que nos sintiésemos, su terrible tensión entre la esclavitud y la nada conseguía asustarnos, porque teníamos fe en los términos medios y las soluciones pacíficas: habíamos deseado para Izumi una escapatoria virtuosa, que le concediese redención y cariño sin necesidad de hacerla bañarse en una negrura que no sabíamos si tendría escapatoria. Sion Sono acabaría por demostrarnos que, como nosotros, también él soñaba finales felices, pero aún no podíamos saberlo.

El sueño había afianzado ya una distorsión generalizada de la realidad del pobre público, y el fundido a negro coincidió otra vez con la inauguración de incontables latas de Monster. Mientras marchaban los créditos, pensé en cómo habíamos reído con las desnudeces, con los insultos, con la violencia horrorosa… todos juntos. El público, definitivamente, no formaba parte del Enemigo. En Su presencia, todos éramos iguales: masa hambrienta y miedosa, tierna y cruel.

Dejé atrás el escalofrío con el que había entrado al teatro, y recordé que era un Cuerpo, y ya siendo cuerpo, me di cuenta de que tenía unas ganas enormes de mear. Me dirigí hacia el baño, avanzando a codazos: algunos de complicidad con los compañeros que consideraba dignos, otros que simplemente buscaban abrirse paso entre la masa. Avanzaba, en resumen, como el espíritu de un adolescente orgulloso que cree irse acercando poco a poco al Mundo.

-Continuará-

Dimas Fernández Otero

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