Crítica cinematográfica: Misión imposible 6

Título original: Mission: Impossible – Fallout. Dirección: Christopher McQuarrie. Guión: Christopher McQuarrie y Bruce Geller. Intérpretes: Tom Cruise, Rebecca Ferguson, Henry Cavill y SimonPegg. País: EE.UU. Duración: 147 minutos ESTRENO: Agosto 2018.

 

“Misión imposible: fallout” se trata de la más reciente entrega de la saga iniciada en 1996 por Brian De Palma a partir de la mítica serie de televisión. Si bien aquella película gozó de la habitual maestría tras la cámara del autor de “Carrie”, además de brindarnos secuencias icónicas en la historia del cine (Tom Cruise luchando porque una gota de sudor no caiga de sus gafas en una habitación cerrada), la película fue criticada por su confuso guión (algo a todas luces injusto y que el tiempo ha puesto en su lugar). La película tuvo tal éxito en taquilla que años después generó una segunda parte dirigida por el legendario director de “Acantilado rojo”, John Woo. Si por algo será recordada esta secuela es por su mediocridad. Puede que a pesar del éxito en taquilla que también tuvo esta película (y que no olvidemos, también contiene imágenes inolvidables como la de Cruise en una montaña). Puede que la saga, producida entre otros por su protagonista, Tom Cruise, diese a partir de esa segunda entrega un giro hacia la falta de pretenciosidad en aras del entretenimiento más puramente hollywoodiense, apostando por directores casi siempre distintos que aportaron un enorme oficio y espectacularidad a una saga centrada en la evasión para el espectador. De esta manera, directores tan distintos como J. J. Abrams (en su ópera prima para el cine tras revolucionar el mundo de la televisión con la serie “Perdidos”), Brad Bird (en su debut en el cine de carne y hueso tras sus fantásticas cintas animadas “El gigante de hierro” o “Los increíbles”) y finalmente Christopher McQuarrie, director de cine más conocido por sus guiones (especialmente, el de “Sospechosos habituales”) que se encargó de la quinta entrega y de la que nos ocupa ahora mismo.

Si algo queda patente en “Misión imposible: fallout” es el amor de Christopher McQuarrie por el cine de espionaje más clásico, y desde luego, por la serie cuyo tema musical inmortalizó Lalo Schifrin. Las vueltas de tuerca de su retorcido argumento pueden caer en recursos en ocasiones demasiado tramposos (ese flashforward de la trágica emboscada a las furgonetas, de un dramatismo cercano al Christopher Nolan de “El caballero oscuro”… sólo para ver tres minutos después que dicha situación era imaginada por el protagonista de la función…) pero es innegable que la película se sigue con interés de principio a fin a lo largo de sus caudalosos 147 minutos, convirtiéndola en la entrega más larga de la saga.

Pero si por algo será recordada “Misión imposible: fallout” además de por un villano de lo más carismático (un excelente Henry Cavill) será por sus viscerales secuencias de acción. De alguna manera, la película contiene homenajes a “French connection” (toda las persecuciones en París, dignas de estudio en una escuela de cine, con travellings sin dobles que abarcan en ocasiones avenidas enteras, dando la impresión de que la ciudad se paró para rodar esta película) o “Máximo riesgo” (todo el clímax final en las alturas, absolutamente fascinante). Secuencias como la del Arco del Triunfo en París gozan de una épica poco habitual en el cine americano actual, con cientos de coches y de motos involucradas. Otro buen ejemplo sería el apabullante plano secuencia que acompaña a Tom Cruise y a Henry Cavill tirándose al vacío desde un avión en mitad de una tormenta hasta llegar a la bóveda de una discoteca con miles de extras. No sería descabellado afirmar que “Misión imposible: fallout” se trata de una de las mejores películas de acción jamás filmadas. A este paso, no sabemos durante cuántos años vamos a poder seguir disfrutando del talento de Tom Cruise… jugándose el pellejo en cada minuto de esta frenética película.

La, en ocasiones, extraña combinación de rodaje tradicional en celuloide y de la última tecnología de cine digital hace que en ocasiones el grano de la película cambie demasiado en algunos cambios de secuencia, pero lo que no cabe la menor duda es que la película es una apuesta por un cine clásico(sus apabullantes secuencias de masas y de tráfico o los planos aéreos ambientados en Cachemira) con un sutil uso de unos efectos digitales que casi siempre pasan desapercibidos. Lo que está claro es que Christopher McQuarrie ha apostado por un cine artesanal, intenso y de una factura impecable, en una película que lo sitúa definitivamente como uno de los directores de cine contemporáneo a los que seguir la pista detenidamente.

Ainhoa Urgoitia.

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