Punk: un comienzo (primera parte)

Malcolm McLaren, a la postre manager y dictador de los Sex Pistols, llegó en 1974 de Nueva York tras ser durante unos meses agente de los New York Dolls, actividad que llevó a cabo con deficiencia. Pero trajo ideas, ideas novedosas al continente. Fueron los New York Dolls, sumados a grupos como los Stooges de Iggy Pop o la perfecta maquinaria de los Velvet Underground, los que ayudaron a crear el pulso musical y el estilo de ese Proto Punk que serviría de colchón donde revolcarse al punk británico. Sobre todas las influencias y bandas totémicas que lo anticiparon estarían los Ramones, estatua de lo mágicamente simple y potente las principales autoridades.

McLaren volvió con la lección bien aprendida y casi como un visionario, decidido a montar aquel negocio desde Inglaterra con (poco) amor. Mientras regentaba una tienda de ropa extravagante, entre la que destacaba su colección de sadomasoquismo, reclutó a unos jóvenes sin mucho que perder que pasaban por su tienda. No obviemos lo de la ropa, pues los Sex Pistols vestían de cuero en “homenaje” a  la cultura sado, de la cual Johnny Rotten, cantante del grupo, dijo que le resultaba fascinante por el hecho de que alguien tuviese que embutirse en cuero para excitarse mientras practicaba sexo.

Aquellos jóvenes reclutados por McLaren eran un grupo curioso. Steve Jones, cleptómano y guitarrista por hastío, aunque después le cogiera gusto; Paul Cook,  batería, amigo del anterior, el cual por cierto lo convertiría en un pequeño delincuente, siendo antes buen estudiante y joven reservado proveniente de una familia económicamente estable; Glen Matlock, bajista (si, había vida antes de Sid Vicious), que además era fan de ABBA, a los que copió riffs para sus canciones; y cómo no, Johnny Rotten, un joven payasete y rebelde que, sin embargo, con sus letras retorcidamente maravillosas y su actitud ante el público y los medios, convirtió a los Sex Pistols en un mito, en una hermosa revolución que no llegaría a nada.

Desde su fundación en 1975 hasta su disolución como banda en 1978, los Sex Pistols sacaron cuatro singles, con los que construyeron, con otros temas igual de potentes, su único largo “Nevermind the bollocks, here’s the Sex Pistols” un álbum irreverente (el título, traducido para aquellos que no saben inglés, “Nos importa unos cojones, aquí están los Sex Pistols”) en los que se trataban prácticamente todos los temas sociales del Reino Unido e incluso la política internacional. Su estilo musical era bastante simple: al igual que sus antecesores del proto punk se basaban en riffs sencillos y pegadizos, casi machacones, una guitarra rasgada y la voz anti musical de Rotten. Con todo esto consiguieron llamar la atención de miles de jóvenes británicos que deseaban “ser un anticristo” (como Rotten gritaba en la segunda línea de “Anarchy in the UK”, rima odiada hasta por el propio Rotten) e imitar la estética de sus héroes: las chupas de cuero, los imperdibles hasta de pendiente y el odio a la sociedad o el deseo de construir una sociedad a su manera, nihilista.

Si Rotten era (y es) un icono, aún más lo fue Sid Vicious, substituto al bajo de Matlock (que curiosamente era parte importante en todas las composiciones de los Sex Pistols). Con Vicious la banda perdió un compositor y un bajista, pues Sid tocaba bastante mal el instrumento, pero ganaron un showman, otro icono del punk que ahondó aun más el odio y añadió dosis y dosis de destrucción. Para cuando la banda se separó, Vicious era ya un icono por sí solo y muchos querían ser como él, sin importar sus adicciones y su agresividad excesiva (se cortaba en directo con cristales rotos, se enfrentaba al público, etcétera). Era un símbolo total de rebelión. Qué decir de su trágico final: drogas y rock ’n’ roll, la combinación mortal con la que algunos tienen suerte y otros no.

De la irreverencia de los Sex Pistols quedan muchas anécdotas, desde su afición por robar los instrumentos con los que después tocaban hasta el hecho de tocar en una barcaza por el Támesis para eludir la prohibición de actuar en suelo británico durante el jubileo de la reina. En Reino Unido son parte del imaginario popular. En muchas mentes de todo el mundo son la rebeldía en persona. No cabe en este texto todo lo que significaron y aún significan en el imaginario de muchos. Cuando en 1995 volvieron a reunirse, muchos los acusaron de hacerlo por el dinero y venderse al sistema… ¡Por supuesto que lo hicieron por el dinero! Pero al menos fueron honrados: la llamaron “Gira por el puto lucro”. En todas las giras que hicieron a partir de esa quedó claro que lo hacían por el dinero. Lo tenían claro, la mente tranquila, ellos jamás articularon una moral o una ideología. Fueron tan solo una inspiración.

La fecha de la muerte del punk varía según a quién se le pregunte. Algunos la datan cuando The Clash (hablaremos próximamente de esta banda magnífica) firmó un contrato con Columbia, otros la fechan como un declive natural hacia otros estilos en los 80, y hay quien cree incluso que no está muerto. Pero lo cierto es que, cuando los Sex Pistols se separaron en 1978 durante una gira por Estados Unidos, los corazones punk de muchos murieron y abandonaron para dedicarse a otros menesteres. A pesar de ello, yo quiero creer que el espíritu de los Sex Pistols es una llama que no se apaga, y que los amantes de esta música, con cresta o camuflados, seguimos siendo muchos. No en vano, como muchos piensan, el punk son los Sex Pistols. El punk no ha muerto.

Manuel J Maside.

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