Historia: Roma: Un sistema más democrático de lo que parece

No, no os dejéis engañar por el título, la Roma antigua jamás fue democrática. Para empezar, nació como una monarquía. La fecha de fundación de la ciudad se situaba, en la propia tradición de los antiguos romanos, en 753 a. C. Siguiendo, nuevamente, el relato tradicional, desde ese año hasta 510 a. C. la ciudad eterna fue una monarquía, y en 509 fue instaurada la Res Publica. Pero a partir del año 27 a. C. los historiadores consideran que la República, aunque sigue en pie formalmente, desaparee para convertirse en el Imperio, bajo Augusto, el primer emperador, y así permanece hasta que el último emperador es depuesto en 476. Así pues, durante casi cinco siglos de los más de doce siglos de la Antigüedad de Roma ésta fue una República, pero ello no significa, como bien podréis suponer, que existiese una democracia efectiva. No obstante, algunos elementos de su funcionamiento son, irónicamente, más democráticos (en teoría) que los de nuestros actuales sistemas de gobierno. Y como la Historia está para aprender de ella, hoy traigo este ejemplo para tratar de reflexionar sobre él.

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La verdadera historia de Roma, por supuesto, es algo diferente (por lo que podemos reconstruir) al relato tradicional acerca de sus primeros siglos de existencia, pero parece que podemos corroborar que la República está ya funcionando desde finales del V a. C. En poco tiempo acabará configurándose a grandes rasgos tal y como la conocemos ya en el III a. C., cuando comenzamos a tener información que nos permite empezar a escribir de verdad una historia de Roma. En este siglo, en el que tuvieron lugar las dos primeras de las conocidas Guerras Púnicas, ya está consolidado el funcionamiento típico que conocemos de la República.

Emperador Tiberio, vestido como cónsul.
Emperador Tiberio, vestido como cónsul.

Este funcionamiento se articula en torno a tres elementos: los cónsules, el Senado y los comicios por tribus. Tal y como decía Polibio, siguiendo las pautas de examen de Aristóteles, el sistema político romano se componía de un elemento monárquico, un elemento aristocrático y un elemento democrático. ¿Por qué? Los cónsules son los que dirigen de facto el funcionamiento de la República, son como “el poder ejecutivo”, y sus competencias son enormes, con un poder casi equiparable al de un rey. Es por eso que era una magistratura colegiada (había dos cónsules, para que pudiesen anularse entre sí y evitar una excesiva concentración de poder en una única mano) y anual (el consulado duraba un año y en teoría no podía ser desempeñado dos veces seguidas). El Senado era, literalmente, un “consejo de ancianos” (senex significa “anciano”) y estaba conformado por individuos que ya habían desempeñado magistraturas en el estado. Y por último, los comicios por tribus eran la asamblea legislativa de la República: el órgano en el cual se presentaban y se votaban las propuestas de ley.

Existían otras dos asambleas diferentes en la antigua Roma republicana. Estaban los comicios por curias, que anteriormente habían sido la asamblea legislativa del estado romano, en época monárquica, y que en época republicana desempeñaban una función meramente simbólica, aunque no por ello poco importante: daban sanción religiosa a las leyes que emanaban de los comicios por tribus. Y además estaban los comicios por centurias. Ésta era una asamblea censitaria: para poder tener representación en ella se exigía poseer un cierto patrimonio. Existían cinco clases censitarias que participaban en estos comicios, pero no toda la población romana estaba incluida en ellas. Una gran masa de proletarii estaba excluida de esta asamblea. De todas formas, a la hora de votar, las clases que de verdad importaban eran la primera y la segunda. Cuando había una votación en los comicios por centurias, una vez se alcanzaba la mayoría, el proceso terminaba, y la estructura de estas clases (cada una de las cuales tenía asignado un determinado número de centurias) era tal que la mayoría se alcanzaba ya con el voto de las dos primeras clases. Probablemente, la tercera nunca tuvo que llegar a votar.

Los comicios por centurias eran importantes para el ejército, porque esta misma división en cinco clases censitarias era exactamente la misma que se utilizaba para reclutar las tropas. Un individuo debía poseer cierto nivel económico para ser legionario. Al margen de eso, la función habitual de los comicios por centurias, entre otras cosas, era elegir al poder ejecutivo del Estado, principalmente cónsules y pretores: los magistrados cum imperium (para explicarlo de forma simplificada, aquéllos que podían dirigir tropas). Pero la asamblea que a nosotros nos interesa son los comicios por tribus. Presididos por el tribuno de la plebe, en estos comicios participaba la totalidad de la población romana. No a la hora de votar, ojo, las mujeres, esclavos, extranjeros, etc., no tenían capacidad de voto, pero sí podían asistir a las contiones, unas reuniones previas en las cuales se presentaba la propuesta de ley y se deliberaba y se debatía sobre ella. Pero el caso es que la participación no estaba condicionada por una cuestión económica. Una vez que la rogatio era planteada, todo el mundo votaba en igualdad de condiciones, y si la propuesta se convertía en lex, pasaba a ser sacrosanta e inviolable, y no podía ser alterada ni lo más mínimo. Ni siquiera el Senado, en el cual estamos acostumbrados a pensar como el órgano director de la República, tenía esta capacidad.

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El Senado romano en un fotograma de la serie Roma

Ahora bien, tal y como acabo de decir, la imagen mental típica que uno suele hacerse al pensar en la República es la del poderoso Senado tomando todas las decisiones y dirigiendo el estado. Y esta imagen no se crea a partir de la nada. Durante mucho tiempo, efectivamente, este órgano era el que tenía el control de Roma en sus manos, en la práctica. ¿Por qué? Por su enorme prestigio y autoridad. Si hoy en día insistimos en que tenemos que escuchar a nuestros mayores, imaginaos el peso de las instituciones del tipo “asamblea de ancianos” en la Antigüedad. La función principal del Senado, en teoría, es “aconsejar”: deliberar sobre una cuestión y emitir un senatus consultum, su opinión (realmente tenían más atribuciones, pero esto es lo más habitual). Lo que ocurre es que esa opinión tenía una importancia enorme en la mentalidad romana. Podemos comparar al Senado con los padres de una persona: cuando la persona es mayor de edad no está obligada a obedecer a sus progenitores, pero ello no implica que no vaya a hacer caso de lo que éstos le dicen.

Cuadro del Senado de Roma
Cuadro del Senado de Roma

Pero además, la República funciona, más o menos, de forma armónica. Si el Senado tiene tanto poder es porque no hay conflicto entre las diferentes instituciones del estado. Cuando se va a votar una ley, normalmente es el senado quien la propone, a través del tribuno de la plebe, o en todo caso, el tribuno pide el visto bueno al Senado para proponerla. El tribuno realmente no necesita esta autorización, pero es habitual que así se haga, pues es una costumbre, una regla no escrita. Del mismo modo, el Senado en la  práctica tiene en sus manos la política exterior y la gestión del erario público romano porque colaboran estrechamente con los cónsules y pretores que conquistan el mundo para la República. Cuando los políticos y militares romanos salen de campaña, el Senado suele aportarles unas directrices de lo que es aconsejable hacer, unas líneas generales de actuación. De la misma forma que el Senado acostumbra a ratificar las acciones de los magistrados en política exterior. Y como los senadores no son otros que esos mismos políticos y militares que en su día han desempeñado las magistraturas, desde el punto de vista popular se contempla como algo absolutamente lógico y normal que sea el Senado quien administre el ager publicus.

En fin, los senadores son los reyes del mambo, pero no en teoría, y ellos lo sabían muy bien, y a veces se aprovechaban de ello. ¡Que se lo digan a los celtíberos! Este pueblo de Hispania había hecho una serie de pactos con Tiberio Sempronio Graco cuando éste había estado de campaña en Celtiberia. El Senado ratificó, “dio el visto bueno”, a dichos pactos, pero cuando años después los celtíberos viajaron a Roma para reclamar el respeto a los mismos, se dieron cuenta de que no les habían contado la mitad de la historia. Esos pactos NUNCA habían sido presentados ante los comicios por tribus para ser convertidos en lex, y por lo tanto, legalmente no valían nada. Del mismo modo que una serie de jurisconsultos romanos asesoraron a la ciudad de Gades, y recomendaron a los gaditanos enviar una embajada a Roma, para exigir que una serie de tratados a los que habían llegado con los romanos fuesen presentados a los comicios por tribus. Estos expertos legales sabían muy bien lo que decían. La ratificación del Senado, en realidad, era papel mojado.

Así pues, volvemos a la verdadera clave oculta de todo: los comicios por tribus. Todo esto se pone de manifiesto en el siglo II a. C., cuando los hermanos Graco, de la mano de los intelectuales griegos, descubren el enterrado potencial democrático que yacía en el seno del estado romano, un elemento muy poderoso al que antes no se le había prestado atención. Así es como Tiberio Graco, el tribuno de la plebe de 133 a. C., presenta una propuesta de ley directamente a los comicios por tribus sin la aprobación al Senado, una ley cuyos opositores no pueden detener porque su proposición es perfectamente legal. Lo único que pueden hacer es pedir al otro tribuno de la plebe, Octavio, que ejerza el veto. Pero Tiberio Graco revoluciona el concepto del tribuno de la plebe al reinterpretarlo no como un mero expositor de propuestas de ley, sino como un canal a través del cual se expresa la voluntad del pueblo de Roma, razón por la que consigue ni más ni menos que la deposición del otro tribuno para poder proponer su ley. Una ley mediante la que exige al Senado la gestión del erario público, una administración que pertenece al pueblo de Roma. La crisis de la República, que se inicia entonces, es, en cierto modo, una pérdida progresiva del poder del Senado.

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Insisto, una vez más, en que no debemos pensar que esto es abrir una puerta a la democracia. La puesta de manifiesto de la capacidad que tiene la población romana de influir en política a un nivel nunca visto hasta entonces conduce, inevitablemente, a la demagogia y el populismo. Al fin y al cabo, todos sabemos que la opinión popular es fácilmente manipulable. Tanto la Historia como el mundo actual están repletos de ejemplos de ello. Y llegará un momento en que la causa popular romana se agote, surgiendo con fuerza el nuevo elemento clave para el control político: el ejército. El primer triunvirato, de Pompeyo César y Craso, a partir del 60 a. C., marca de facto el final de la República: en la práctica es una dictadura de tres personas.

De derecha a izquierda, Pompeyo, Craso y César.
De derecha a izquierda, Pompeyo, Craso y César.

Y no obstante, me ha parecido un tema interesante para venir a plantearlo hoy. ¿El hecho de que sea tan sencillo manipular a las masas debe menguar nuestro ánimo por seguir intentando lograr un sistema político más justo y representativo? Ya he dicho que Roma nunca fue realmente una democracia (para empezar, recordemos que mujeres, esclavos y demás no tienen representación política), pero aún así, su funcionamiento político me parece mucho más “democrático” que la farsa en la que vivimos inmersos hoy en día. El hecho de que sea el pueblo mismo el que vote las leyes, ¿no es acaso un método excelente de democracia directa? ¿Soy el único al que se lo parece?

Vivimos en una era en la cual los sistemas de comunicación y las redes sociales acortan cada vez más las distancias entre cualquier parte del mundo y hacen llegar la información a todo aquél que tenga un interés en acceder a ella. Por otra parte, quiero creer que el nivel de educación y de conciencia política es hoy el suficiente como para que la gente no se deje engañar fácilmente por el primer demagogo que aparezca en el horizonte. Tal vez sea tener demasiada esperanza, pero las continuas manifestaciones y quejas en contra de nuestro gobierno y nuestro sistema político me hacen pensar que ya no nos dejamos timar de la misma forma que hace veinte años. ¿No merecería la pena, acaso, intentar exigir que seamos nosotros, los ciudadanos, los que llevemos las riendas de nuestro propio país?

Ahí dejo la cuestión para que reflexionéis sobre ella. Uale, mei amici.

 

Brais Louzao Recarey.

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