Columnistas: Para vosotros, cómplices

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Ni siquiera sé cómo empezar a escribir. No estoy seguro ni de que nadie vaya a leer esto. Pero si lo haces, por favor, párate a pensar un momento en el lugar donde vives; párate a pensar en todo lo que significa poder sentarte delante de tu ordenador, teléfono móvil o tablet y leer las palabras que algún desconocido ha escrito durante una noche más bien fresca del incipiente invierno gallego. Las ha escrito en su casa, calentito, mientras aquellos de los que habla se preocupan de mantener las luces apagadas el máximo tiempo posible para ahorrar gastos… qué decir ya de pagar una calefacción. Por favor, piensa en el país que me vió nacer. Piensa en un Estado occidental centralizado, ubicado en una Península al sur de la mismísima y próspera Europa, en que los padres y madres que no pueden dar un plato de comida a sus hijos tienen que aguantar que sus verdugos vivan rodeados de lujo, un lujo comprado hipotecando el futuro de nuestro país y de vuestros hijos, si los tenéis, o de los que vayamos a tener (si es que algún día somos lo bastante ricos o temerarios). Pero no te quedes sólo en los padres y las madres, tienes que ver a los seres humanos, que sólo nos parecen iguales cuando, saliendo del vientre de sus madres, desnudos y ensangrentados, lloran a pleno pulmón para regocijo de todos los presentes. Piensa en qué hace que esos cuerpecillos de cachorro humano, cuando crezcan, tengan que partirse el espinazo para conseguir cosas que la naturaleza les brinda, como alimento con qué sobrevivir o un techo bajo el que dormir. Piensa en aquellos que han decidido que el suelo tiene dueños, y también los arroyos, y los bosques y la fuerza de los hombres, e incluso los elementos…¿Porqué es más suyo que nuestro?¿de qué te sirve la marca españa si un país es sólo un nombre, y no un marco para que las personas vivan dignamente? ¿de qué te sirven aquellos que te gobiernan, si cuando les aúpas con tu voto trabajan para quienes te oprimen, en lugar de intentar que seas más libre? ¿de qué te sirve poder leer esta reflexión banal en una pantalla retroiluminada, si a tu lado los padres no pueden alimentar a sus hijos? ¿porqué nadie tiene algo tan sencillo como «abolir la sociedad de clases» en su programa político?… Tal vez el hecho de buscar estas respuestas seriamente ya nos dirijan hacia la solución a nuestros problemas, o a lo mejor sirve para que podamos apuntar con el dedo a los culpables de que las vidas de la mayoría de nuestros hermanos humanos no merezcan la pena ser vividas. Pero la reflexión por sí misma no basta. Saber no es la solución, si no el camino para encontrarla. Y no me cabe duda de que si no la hemos encontrado aún no es porque sea muy complicada de encontrar, si no porque era tan sencilla que nos la han estado escondiendo.

Sinceramente, no sé muy bien qué busco decir con todo esto. Yo tenía preparado un artículo sobre el feudalismo y la pervivencia de sus formas de relación humanas en el sistema de hoy, todo muy bonito, con referencias bibliográficas y términos pomposos, de modo que mis amiguitos de letras y yo pudieramos sentirnos superiores desde el corporativismo universitario. Pues bien, me temo que eso no importa un carajo. Ése artículo tendrá que esperar, y si no sabes porqué todavía, vuelve a leer estas páginas y hazte en serio las preguntas.

Para terminar, lamento no haber podído explicar el «para qué» escribo este galimatías. Pero lo que si os puedo contar es el «porqué». Lo escribo porque de repente me he dado cuenta de que llevamos tanto tiempo sentados sobre nuestros culos, viendo el mundo que conocemos resquebrajarse a nuestro alrededor, que a nadie parace importarle. Puede que suene absurdo que sea «de repente». -«Tienes que haber visto antes las señales»- debéis estar pensando. Si, claro que las he visto, igual que todos. Pero hasta hoy, no me había sentido genuinamente CULPABLE. Pero no culpable de que las cosas estén como están, si no de ser parte de un grupo humano que no empatiza con el que no tiene nada simplemente consolándose en el hecho de que tiene un poco. Cuando lo sintáis, pero de verdad; con tal fuerza que los músculos se os tensen en un escalofrío y las lágrimas de rabia se os agolpen en los ojos, petrificadas únicamente por un orgullo estúpido, tal vez podáis decirme de qué coño trata este artículo.

Alex Barreiro, Historiador

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