Columnistas: Educar en el activismo

Antes de exponer mi idea en cuanto a la relación entre el activismo y la educación, daré un paso atrás para hablar de la responsabilidad de educar.

Entiendo que lo normal al leer mi firma es crearse ciertas expectativas. En mi caso, cabría esperarse que mis temas preferentes tuvieran que ver exclusivamente con la enseñanza reglada, las dificultades de aprendizaje y, quizá, otras cuestiones tangenciales.

Educar tiene que ver con eso, no lo negaré, y muchos de mis futuros textos podrán ir en esa dirección, pero se trata de un concepto mucho más grande. Educamos personas, personas integrales, personas que habrán de contar con herramientas que van más allá del ajuste a un sistema académico o profesional. A través de la educación desarrollamos un sistema de valores, un modo de relacionarnos con los demás y una noción del mundo, de nosotros mismos y de nuestro papel en él.

¿Quién educa? Educamos los docentes, pero también educáis los padres y madres, así como toda la red de familiares, amigos, conocidos… en una palabra, educa la tribu, toda la tribu y, nos guste o no, más allá de nuestra tribu más cercana, también educa todo aquello que los menores leen, ven y experimentan.

¿Qué relación tiene todo esto con el activismo?

Como maestra interina, me relaciono con otros maestros del sufrido colectivo de los interinos. Para quien pueda no conocerlo, me refiero al de los profesores que, habiendo pasado por un proceso de oposición, pasan a formar parte de las listas de personal para sustituciones en centros públicos. Un dato: actualmente (cifra aproximada) el 20% de los profesores de un centro son interinos, triplicando casi las recomendaciones internacionales. Como se puede deducir, dentro del gremio docente y, en especial, del de los interinos se dan muchas reivindicaciones… aunque con escaso seguimiento y con acciones muy modestas. Solo hay que ver la baja convocatoria que tiene cualquier huelga sindical que se propone en nuestro sector, algo que no concuerda con el malestar que existe y que se aprecia en el dia a día.

Según mi experiencia personal, cuando los (poquitos) docentes que están en distintas agrupaciones se reúnen para discutir cómo encauzar sus protestas predomina una preocupación: “¿cómo afectará esta propuesta a nuestra imagen como colectivo?”. Parece que no se considera apropiado que el profesorado lleve a cabo una acción contundente, entendiendo por contundente una acción no agresiva, simplemente llamativa, que atraiga el interés de los medios de comunicación.

El maestro, siempre en el ojo del huracán, siempre en discusión. Así debe ser, en tanto a que trabajamos con lo más sensible de nuestra sociedad, la infancia, y más allá de las aulas somos una figura de referencia, un espejo en el que mirarse, un ejemplo. Nuestras acciones deben ser educativas, sobre todo si son acciones sonadas, aunque se lleven a cabo fuera de las aulas.

¿Tan malo es que los niños y jóvenes puedan ver a sus maestros en una manifestación?

Desde las aulas y como sociedad nos orgullecemos al enseñar que gozamos de una democracia y de una serie de derechos gracias a la lucha de nuestros antepasados, a veces no tan lejanos. Hablamos de las luchas para eliminar el racismo, el machismo, las dictaduras, la intelorancia ideológica, el pensamiento único. Enseñamos a nuestros alumnos y alumnas los principios de la Constitución, los Derechos Humanos y los Derechos del Niño, textos que no existirían de no haber existido el activismo.

Sin embargo, hoy en día parece despreciarse la figura del activista, considerándole un personaje exaltado, sin criterio, quitando valor a cualquier cosa que salga de su boca si ha declarado su afiliación a una causa determinada. Parece ser igual el activista que nos habla de la destrucción de nuestro ecosistema que aquella persona que forma parte de una secta y pretende redimirnos antes de que llegue su Apocalipsis particular.

Nadie quiere ser despreciado, nadie quiere que los demás no tomen en cuenta sus palabras y nadie quiere agotarse en esfuerzos sin resultados inmediatos, por lo que, al final, despreciando el activismo estaremos cortando una vía por la que nuestros hijos e hijas podrían mejorar la sociedad del mañana, haciendo que en su lugar prefieran guardar silencio, adaptarse a las circunstancias e intentar sobrevivir egoístamente lo mejor que se pueda.

Olvidamos que luchar por una mejor sociedad para todos implica también una mejor sociedad para uno y, de paso, una conciencia más tranquila y una sensación de congruencia interna que no tiene precio.

Estimados lectores y, en especial, estimados docentes, os invito a educar en el activismo desde el activismo. Luchad por una mejor educación para todos y por el reconocimiento de vuestros derechos, sin vergüenza y sin miedo.

Silvia María Moreno Hernández

Maestra interina por Educación Primaria.

Licenciada en Psicopedagogía.

Coautora de la obra: “Diez criterios para orientar a los hijos al éxito”, distribuida por CCS Ediciones. Enlace: http://www.editorialccs.com/catalogo/ficha.aspx?i=4209

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Un comentario en “Columnistas: Educar en el activismo

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