Columnistas: Donde la ley no llega

 

Dadme seis líneas manuscritas por el hombre más honrado, y hallaré en ellas motivos para hacerle ahorcar”

Cardenal Richelieu (Armand-Jean du Plessis)

Me pasa (nos pasa) constantemente. Estás viendo tranquilamente una serie, una película, o quizá leyendo tu web comic favorito, o escuchando las chirigotas de los carnavales de Cadiz, y de repente, ahí está, el chiste transfóbico, que da mucha risa. Por ejemplo, esta escena de Ace Ventura en la que Jim Carrey vomita salvajemente al descubrir que ha besado a una mujer trans (y que en YouTube me aparece como “lo mejor de Ace Ventura”). El chiste consiste en que es repugnante besar a una persona trans, y si te engañan para que lo hagas, es que eres tonto. La parte en la que Ace desnuda a la fuerza a la chica ante un batallón de policías para que le vean el pene, creo que también se considera como de mucha risa. El chiste consiste en que las personas trans somos muy malas intentando engañar a los demás, y eso le da a todo el mundo el derecho de vengarse poniéndonos en ridículo. Otra versión más española, más de andar por casa, la podemos encontrar en las crónicas PSN. Abelman descubre que su irresistible señorita Minerva tiene pene, y eso le lleva a abandonar su trabajo. Muchas risas y mucho cachondeo, especialmente en los comentarios de los lectores sobre la citada viñeta.

Me podría extender durante varios folios citando ejemplos de chistecitos transfóbicos, pero estoy seguro de que el lector avispado sólo tendrá que mantener los ojos abiertos durante los próximos días para darse cuenta por si mismo.

Luego pasa que los chavales trans se suicidan por acoso escolar. Luego pasa que a una mujer trans de 50 años le dan una paliza al salir de un bar en Madrid al grito de “maricón”. Luego pasa que violan a Kemal Ördek y tanto la policía como los jueces prácticamente han condenado a la víctima mientras que los violadores están libres en la calle. Luego pasa que asesinan a cientos de mujeres trans cada año, incluyendo niñas trans, de las cuales se ha llegado a dar el caso de que han muerto a manos de sus propios parientes.

Desde la navidad pasada, las redes sociales trans van compartiendo una nueva desgracia cada pocos días. Mientras, las activistas trans que se dedican a la política claman al cielo pidiendo una ley de identidad de género, y una ley contra la LGTBIfobia. Y la gente, que confía en estas lideresas autoproclamadas de un movimiento que realmente es tan diverso como diferencias hay entre las personas trans, las acompaña y suspira pensando que con una ley de este tipo todo iría mejor.

Luego ocurre que unos psicópatas matan a tiros a todos los periodistas que se encontraban en las oficinas de la revista Charlie Hebdo por dibujar viñetas de Mahoma. Luego ocurre que en España se sucede una oleada de detenciones de titiriteros, o personas disfrazadas de titiriteros, que en algún momento han mostrado un cartel que dice “Gora Alka-ETA”, o “Gora la cuchufl-eta”.

Entonces nos ponemos filosóficos y empezamos a hablar de los límites del humor, de la libertad de expresión, y de todas esas cosas, que están la mar de bien.

Hasta que vemos el siguiente chiste transfóbico, y entonces nos ciscamos en su bor**na madre (o su b**bón padre), y pedimos que se endurezcan las leyes contra la homofobia y la transfobia…

Si usted, que me está leyendo, es cisexual (es decir, está de acuerdo con el sexo que el médico le asignó al nacer), puede cambiar “transfobia” por cualquier otra causa que para unos sea motivo de risa, y que a usted le cabree especialmente. Machismo, gordofobia, racismo, maltrato animal, o lo que le toque la fibra sensible.

Pero lo cierto es que las leyes tienen límites. No puedes evitar a golpe de ley que unos chalados que usan la religión como excusa asesinen a varios periodistas. Tampoco puedes evitar a golpe de ley que los idiotas del mundo hagan chistes transfóbicos (o chistes a costa que cualquiera que es diferente a ellos), y que otros idiotas les rían la gracia como borregos. Y, desde luego, no puedes utilizar la ley para obligar a callarse a todo aquel que diga cosas que no te gustan.

Sin embargo, las tres cosas son evitables. Sólo que la solución no consiste en más leyes, sino en más educación.

Hace falta más educación para comprender que está mal ofender a otras personas. Que tu derecho a la libertad de expresión tiene como límite el derecho al honor, a la dignidad, y a la libertad religiosa de los demás (mis maestros en la escuela decían “tus derechos acaban donde empiezan los de los demás”). Hace falta más educación para entender que las personas que son distintas a nosotros, también son personas, que tienen sentimientos, y que hay que tener cuidado para no herirlos.

También hace falta más educación para comprender que a veces otras personas dicen cosas que no nos gustan, y que mientras eso no tenga ninguna influencia en tu esfera personal, las pueden decir. Es necesaria más educación para comprender que el derecho a la libertad de expresión incluye el derecho a ser gilipollas. Hay que asumir que en toda sociedad hay imbéciles, y que igual que tú piensas que otros son idiotas, es posible que ellos crean que el idiota eres tú. Sin embargo, tanto los unos como los otros tenemos que convivir en la misma sociedad, en los mismos espacios urbanos, y deberíamos ser capaces de hacerlo de manera pacífica y respetuosa.

La educación llega hasta donde las leyes no pueden. Hace falta más ética, más respeto por los demás, y más filosofía. Hace falta más pensar por uno mismo y más aplicarse lo de “vive y deja vivir”. Sobre todo, hace falta empezar a pensar que las dificultades profundas en las que nuestra sociedad está cada vez más embarrada, y que están generando cada vez más y más violencia y malestar, no se van a solucionar a golpe de leyes y contra leyes, en una lucha por la supervivencia del más fuerte. El camino de la solución sólo llegará a través del diálogo, la colaboración, y la comprensión mutua.

La buena noticia es que tú puedes ser el motor de este cambio, aquí y ahora.

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Sobre el autor: Pablo Vergara Pérez es uno de los activistas y bloggers trans con más relevancia en el estado español. Actualmente reside en Escocia y se prepara para sacar su primer libro, de contenido autobiográfico “Aprendiendo a vivir de otra forma: diarios de un hombre trans.” Puedes recibir todas sus publicaciones dándote de alta en su lista de correo http://www.pablovergaraperez.com/go/alta-en-la-lista-de-correo/

Un comentario en “Columnistas: Donde la ley no llega

  • el febrero 14, 2016 a las 5:44 pm
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    Hola, Pablo,
    Por la parte que me toca como autor de las Crónicas PSN, reconozco la crítica. Visto en perspectiva, mis chistes sobre Minerva (personaje transexual) y Osvaldo (homosexual) sí estaban fuera de lugar y son un poco carcas, por eso dejaron de aparecer como running gag hace años, y he evitado esa línea desde entonces. La verdad, dejaron de hacerme gracia, y me avergüenzo de algunos de ellos. En cualquier caso, Minerva es un personaje al que tengo especial cariño, así como mis lectores, que la tenían como ideal de mujer, aun siendo «trans». Lamento profundamente ser un ejemplo de discriminación, ya que no me considero en absoluto homófobo ni transfóbico, y me disculpo ante cualquiera que se haya sentido ofendido. Como dices, el cambio está en todos nosotros.
    Un saludo!

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