Pluma y tintero: Los Museos Malditos de segunda mano

Estimados agentes, yo entiendo que me han pedido ustedes una declaración, pero nunca he sabido ser breve. Si ustedes quieren que les explique qué ha sucedido esta noche en mi museo, no me queda otra que explicar también algunas cosas acerca de mis museos.

Verán, resulta poco elegante decirlo, pero siempre he sido rico. Si la riqueza procede de la desvergüenza esa desvergüenza no fue mía, sino de algún antepasado que dejó a algún rey muy agradecido, consiguiendo un título nobiliario, tierras y propiedades a los que se les ha sabido sacar rendimiento a lo largo de los años; pues algo de talento requiere el conservar una fortuna y alguna justicia habrá en que el rico sea rico y el pobre sea pobre.

En consecuencia, mi familia ha estado siempre metida en varios negocios y uno de esos negocios es el arte. Por eso, desde mi infancia, se orientó mi formación a tres ámbitos: la gestión de lo económico, las relaciones públicas y el conocimiento de lo artístico.

Guardo el recuerdo infantil de las interminables visitas a museos y de las insoportables subastas. Carezco de sensibilidad hacia el arte, al menos tal y como la entienden otras personas. Un cuadro me es plano, me puede parecer más bonito o más feo, pero no veo que un cuadro por sí mismo tenga el valor que ciertas personas están dispuestas a pagar por él. Ya del arte abstracto ni les cuento. No es solo mi incapacidad crónica para captar su valor artístico, que entiendo como una especie de ceguera personal; se trata de mi limitada capacidad para apreciar el valor técnico de obras que muchas veces parecen ejecutadas por niños de cuatro años.

No duden que me aprendí una interminable lista de autores, obras, estilos y museos importantes. Sé lo que tengo que saber para entender el arte como un negocio. Mis problemas comienzan cuando se trata de valorar el arte como arte; sin menoscabo de mi capacidad para venderlo empleando las palabras adecuadas o, simplificando, sin parecer un patán.

Pero de vez en cuando hay un punto de inflexión en esta vida. En mi caso, eso se tradujo en intentar vender algo que yo mismo pudiera estar interesado en comprar. Me refiero a “realmente interesado”, pues evidentemente he hecho muchas transacciones en el mundo del arte solo para que la noticia trascendiera: en esos casos simplemente se trata de cuidar la reputación que, como han de saber, quien aspira a vender algo ha de cuidar.

Por eso, invertí en idear y construir mis Museos Malditos. Museos en los que, en lugar de obras de arte, se expusieran las historias que había detrás de ellas, preferiblemente historias malditas, que estuvieran relacionadas con el crimen, la tragedia o, sencillamente, con los aspectos más oscuros de las biografías de esos artistas ahora tan idolatrados y que muchas veces vivieron denostados, sumidos en la mediocridad.

Y es que es paradójico, y a la vez interesantísimo, cómo al que humillamos vivo lo idolatramos muerto.

¿Por qué los Museos Malditos de segunda mano? Como explicaba, no se exponen obras de arte, solo historias. Exponer historias implica exponer fotografías, pertenencias, cartas o réplicas de ellas, siguiendo un hilo narrativo. Si algo tienen los objetos expuestos en común es que se trata de objetos de segunda mano. Al no poder ser en muchos casos pertenencias originales, los objetos expuestos suelen ser copias de otros que existen en otros lugares, o bien recreaciones cuando hasta los objetos originales se han perdido.

Los Museos Malditos de segunda mano no se ufanan de tener algo que nadie más tenga; sino de contar, a través de múltiples recursos, historias que nadie más cuenta.

Sus características hacen, además, que puedan cambiar completamente cada seis meses o cada año. La primera exposición que se llevó a cabo se centró en la Vida de Vicent Van Gogh.

Fue un evento espectacular, al menos eso es lo que considera mi vanidad, que siempre ha carecido de pudor. La primera sala recreaba un campo holandés y el aspecto que debía tener allá por 1853, año del nacimiento del autor. La idea no es que los visitantes vayan leyendo placas, memorizando datos. Cuando ustedes quieren empaparse de la experiencia en un museo al uso ¿contemplan los cuadros o se dedican a leer las placas? Pues no sé qué responderían ustedes, pero cuando yo veo a alguien leyendo placas pienso que, o bien es un estudiante que acude a un museo por obligación, o bien es alguien que busca demostrar lo que no es. Si lo piensan, no es muy diferente de comer por sacar fotos a la comida y subirla a las redes sociales, como hacen los jóvenes, o viajar por sacar fotos a los lugares en los que han estado. Parece que cuente más hablar sobre ello, demostrar algo, que concentrar toda la atención en vivirlo. Me hastía, me hastía profundamente.

Buscando a través del ficticio campo de tulipanes, aparecía una lápida en la que leía:“Ici Repose Vicent Van Gogh” con la foto de un bebé muerto, una de estas fotos post mortem que se hicieron tan populares a finales del siglo XIX y a principios del XX. Cometí un pequeño anacronismo, pues la cámara fotográfica fue inventada a principios del siglo XIX y Van Gogh no nació hasta el 1853. Fue un anacronismo deliberado; no voy a permitir que un pequeño desajuste con la realidad ose mermar la potencia de mis creaciones; no será la verdad quien ose arrebatarme una buena historia.

¿Por qué esa imagen? El primer detalle turbio de la biografía de Van Gogh fue que, antes de su nacimiento, sus padres perdieron un hijo con exactamente el mismo nombre así que el joven Vicent podía pasear por un cementerio en el que yacía un hermano que compartía con él nada tan íntimo, tan potente, como su nombre. ¿Se imagina ustedes lo que es encontrarse con una lápida de un hermano al que nunca conocieron y con quien comparten el nombre? Es bello, es tétrico, deja un nudo en el estómago.

A continuación se sucedían varias galerías en las que se exponen réplicas de algunas de sus cartas, recreaciones de los lugares en los que vivió, de los muebles de aquella época, los oficios en los que trabajó; sin obviar temas como su romance fallido con su prima y, posteriormente, con una prostituta con la que rompió una vez que esa relación fue descubierta por su hermano Theo, el hermano al que más quería, quizá porque siempre le estuvo financiando, o viceversa; aunque en este caso el orden de los factores altera y bastante el producto. Otro aspecto recreado a través de una sala cuyas paredes están cubiertas por réplicas de la correspondencia de Van Gogh con su hermano y florines neerlandeses por las paredes, el techo, el suelo. ¿Las relaciones personales quedan empañadas por el dinero? Que lo piense el visitante, esa es su misión.

Llegando a la época en la que Van Gogh vivía en la Provenza, compartiendo espacio con otros artistas como Paul Gauguin, se recreó una reyerta empleando los servicios de dos actores, vestidos y disfrazados conforme a la época y a estos dos personajes, en una oscura habitación llena de cristales de botellas, lienzos rotos y locura. De esta pelea en la que Van Gogh acabó propinándole un navajazo a Gauguin quedó nuestro genio tan arrepentido, o eso dice la leyenda, que se cercenó la oreja y se la hizo llegar a Gauguin como muestra de arrepentimiento.

Una muestra que, por cierto, Gauguin no valoró demasiado. El “ojo por ojo y oreja por oreja” son más propios del código de Hammurabi.

La siguiente sala contaba con una réplica gigante, en cera, e un lóbulo cortado y sangrante y muchas muchas copias del “Autorretrato con la oreja cortada y pipa”. El autor parece la viva imagen del arrepentimiento y, aunque yo sea insensible al arte, no lo soy a las miradas. La mirada del cuadro es la imagen de la pena.

No obstante, hay quien afirma que Gauguin hirió a Van Gogh y que éste solo terminó el trabajo que hizo el anterior al quedarle medio lóbulo colgando. Una historia mucho menos interesante.

A continuación, regalé a mi audiencia una tétrica imagen de los psiquiátricos de finales del XVIII, el XIX y principios del XX, pues poco después de este episodio, el artista se hizo ingresar en un psiquiátrico. Es cierto que en doscientos cincuenta años los psiquiátricos evolucionaron mucho, pero no es menos cierto que muchos tratamientos eran auténticas torturas y que, en ciertas épocas, se convirtieron en lugares a los que recluir a toda clase de marginales: delincuentes, prostitutas, pobres, personas de algún modo rechazadas en su entorno y que en muchos casos no eran realmente enfermos mentales.

Así, tras ambientar una sala como un psiquiátrico lleno de instrumentos de tortura, utilicé la única pantalla del museo en reproducir un pequeño reportaje producido por mí acerca de terapias como el electroshock, la lobotomía, el aislamiento, la restricción física, la alimentación forzada… oh, le aseguro que todos los participantes acababan sumidos en la consternación cuando terminaban de ver el pequeño reportaje y raro era aquel que dejaba de verlo a la mitad.

En ese contexto, no me podrá negar que“La noche estrellada”, el cuadro que el artista reflejó las vistas que tenía desde la ventana de su habitación en el sanatorio adquiere una mayor signficación. Fuera la noche, con sus luces y sus sombras, como la libertad. Dentro, en cierto modo, un presidio autoimpuesto.

Finalmente, se exponían las obras precursoras de su suicidio y se daba una recreación alternativa, pues existe la teoría de que Van Gogh no se suicidó. Es fácil atribuir todo a su enfermedad mental, pero cuando Van Gogh estaba verdaderamente enfermo no era capaz de pintar y, sin embargo, cuando murió estaba pintando ¿lo sabía? Otro aspecto son las cartas a su hermano, en las que daba la sensación de sentirse más alegre, más optimista, en un estado de comunión con la naturaleza. Además, también en las cartas dio a entender en alguna ocasión que era contrario al suicidio.

¿Cómo habría muerto? La hipótesis alternativa que surgió en 2011 habla de homicidio accidental, perpetrada por dos muchachos conocidos del pintor que solían jugar a disparar animales con una vieja pistola del calibre 38, a los que el pintor no habría querido inculpar.

En cualquier caso, murió a los dos días del disparo, en brazos de su hermano Theo, que moriría seis meses después.

¿No es fascinante? ¿No es acaso mucho más interesante que exponer cuadros con placas, o placas con cuadros? Los visitantes salen, a la vez, profundamente perturbados y felices.

El siguiente artista al que nos dedicamos fue a Edgar Allan Poe. Y sí, fue escritor. Después a Nietzsche. Sí, fue filósofo. Pero un museo de estas características, como ha podido ver, se lo puede permitir por su temática. Se exponen los aspectos más oscuros de la vida de estas personas que con sus creaciones de algún modo influyeron en la historia.

La noche del suceso era la última del ciclo sobre Caravaggio. Otra vida apasionante y todo un reto para la organización, pues tocaba recrear en nuestras salas los siglos XVI y XVII, que nuestros visitantes supieran, sin leer ninguna placa ni conocer previamente al personaje, que habían viajado a aquella Italia atrapada en el tiempo entre los años 1571 y 1610.

Estamos hablando de un pintor que, no sé si ustedes lo saben, dedicado como estaba a la pintura religiosa, se atrevió a usar a una prostituta para representar la muerte de la Virgen; de un pintor pendenciero, que recorría las calles armado, que fue capaz de arrojar sin más razón que el desacuerdo un plato de alcachofas a la cara de un camarero de taberna; de un pintor que, llevado por el calor de una reyerta, mató a un hombre, por lo que fue perseguido, debió esconderse, y se le puso precio a su cabeza. Un señor que en la actualidad es objeto de la más ferviente admiración, por ser uno de los padres de la pintura moderna, pero al que, si le juzgáramos con los criterios con los que juzgamos a los vivos, le consideraríamos un criminal vetado en cualquier museo.

Ni siquiera hubo nada de romántico en aquella reyerta. Antes se tendía a pensar que fue causada por el amor de una mujer. En la actualidad se sabe que el origen estaba en una deuda económica derivada de una apuesta. Nuevamente, el vil metal.

La historia normativa sostiene que murió a causa de unas fiebres, una muerte demasiado tranquila como para encajar con el resto de la vida del personaje que nos ocupa; más allá de que llevara años enfermo de neurosífilis y  de que, además, viviera intoxicado por los componentes de las pinturas que utilizaba.

Yo prefiero, como siempre, la historia alternativa. Carvaggio, tras aquella reyerta, estuvo escondiéndose en Sicilia y en Nápoles, con la esperanza de que sus amistades pudieran trabajar en que se perdonaran sus delitos para poder regresar a Roma. Durante su viaje en barco fue atacado, recibiendo un navajazo en la cara, que tal vez pudo influir, junto a sus otras enfermedades, en las fiebres que se lo acabaron llevando poco después. Según la rumorología, los atacantes habrían sido los caballeros de Malta, con la tácita aprobación del Vaticano.

Como siempre en estas ocasiones, contraté a algunos actores para representar esta reyerta. Son unos virtuosos y representan estas cosas de tal modo que te muestran el crimen y crees realmente haberlo presenciado, sin artificios.

El problema es que, cuando te acostumbras a tal grado de maestría, puede suceder que cincuenta personas presencien un crimen y no se den cuenta, como lamentablemente acabó sucediendo.

Entenderán que desde que comencé con esto de los Museos Malditos estoy acostumbrado a grandes alabanzas y a igualmente grandes críticas. La gente es más vehemente cuanto más relevante es el objeto de sus juicios y, para mi suerte y desgracia, yo lo soy. Se me ha denunciado por no ser fiel a la cultura, pero si yo ya aviso de que cometeré inexactitudes a favor de la espectacularidad, no hay denuncia que se fundamente. De hecho, cada persona debería ser responsable de dar por cierto o no todo lo que le cuentan, de contrastar o no los datos que se le brindan; no es mi responsabilidad educar a la sociedad. También se me ha denunciado por no organizar un espectáculo apto para menores, pero tampoco se justifica legalmente el que se me demande esto; aunque regente un museo, no hay ninguna ley que me obligue a que mi museo sea apto para todos los públicos. ¿Qué será lo próximo? ¡Ah, sí! ¡Acusarme de asesinato!

Imagínese: sale su público contento, les despide personalmente, el personal, como siempre, se pone a recoger los desperfectos y, de pronto, cuando estoy a punto de marchar escucho gritos. La razón: un cadáver en mi despacho.

Cincuenta personas velando por la seguridad del centro, cámaras por todas partes, un despacho cerrado con llave y bien alejado de las zonas de exposición violado de esa manera por el cadáver del actor que interpretaba a Caravaggio; y parece que en ninguna parte ha quedado constancia de nada, nadie ha visto ni oído nada, salvo por el hecho de que, habiendo un cuerpo, hay un difunto y, ante tantos testigos, nadie sabe muy bien cómo ha sucedido.

Piensen que, tras representar que Caravaggio sufría una herida mortal, lo habitual era que el actor simulara permanecer herido, inconsciente, y que algunos extras representaran ponerle dos monedas en los ojos, cubrirle el cuerpo con una sábana y llevarle sobre una litera. Una escena que llevaba repitiéndose seis meses.

Tengo entendido que, por lo que llevan investigado, este joven llevaba años con una falsa identidad, aunque nadie en su compañía de teatro parecía saberlo; aunque no se sabe bien cómo consiguió vivir, sin tener contactos aparentes con mafias, con una identidad alternativa; y que su familia llevaba al menos siete años dándole por desaparecido o por muerto.

En cuanto al actor que interpretaba al caballero de Malta, parece que no hay ninguna sombra que ensucie su historial: se trata de un joven estudiante de ingeniería al que le gusta ganarse un sobresueldo como extra para series y películas, que ha participado en algún monólogo eventual y que, ahora, podía decirse que se había costeado su próxima estancia en Ibiza y algunos caprichos más gracias al trabajo que le había proporcionado.

¿Sorprendidos por cuanto sé de las investigaciones policiales? No se sorprendan. A un Grande de España nunca le faltan informadores. Lo que sí faltan, por lo que sé, son mejores sueldos dentro de la Policía.

Lo que queda claro, al menos por cincuenta testigos, es que yo ni me aproximé físicamente al cuerpo, apenas interactuaba con los actores y menos durante una representación, no hay huellas dactilares de ningún tipo que me incriminen. Sus únicas bazas contra mí consisten en que los Museos son de mi propiedad, contraté en primera persona a esos actores y, desafortunadamente, el cuerpo apareció en mi despacho.

Piensen, si no, otra cosa: ¿qué clase de estúpido asesinaría a alguien y escondería el cuerpo nada menos que en su despacho, en su lugar de trabajo?

Con lo que me interesa el lado oscuro de los artistas, considero que si quisiera perpetrar un crimen, lo que haría sería ocultar las pistas y no dejar señales incriminatorias contra mí mismo.

Yo en su lugar buscaría al caballero de Malta, del que parece que no se sabe desde hace quince horas, aunque con menos de veinticuatro no se le pueda considerar oficialmente desaparecido. Son ustedes, y no yo, unos esclavos del protocolo. ¿Acaso hay algo que indique más culpabilidad que huir después de haber simulado, con demasiado éxito, el asesinato de alguien?

Llámenme cuando tengan algo más sólido, por favor. Con tales excusas no pueden retenerme.

Que tengan un buen día.

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