Columnistas: No sólo hay monstruos en los cuentos

«Realidad no hay más que una»-Haruki Murakami

No quiero escribir el típico artículo sobre maltrato a la mujer. No pretendo informar de nada nuevo. Quiero enfocar el tema desde mi propia perspectiva.

Afortunadamente, nunca he tenido que llamar al 016. Nunca he tenido que denunciar a nadie por maltrato. Nunca han tenido que ponerme vigilancia.

Pero eso no quiere decir que no sufra. Cada vez que en los telediarios salen hablando del número de mujeres que han muerto a manos de sus maridos, ex maridos, novios, ex novios o cualquier ser del género masculino en general, siento como si una flor que ha estado en medio de la nada durante mucho tiempo llorase de forma desgarradora y se marchitase. Sinceramente, mi corazón sufre cada vez que a mis oídos les llega una noticia de ese calibre.

Porque no solo es la muerte, es también el proceso que ha llevado a esa muerte.

El maltrato, físico y/o psicológico. Afrontarlo la mayoría de las veces en silencio, porque crees que tú eres culpable de lo que te pasa, porque al día siguiente te trae flores o te lleva a cenar al sitio más caro y a ti se te olvida todo lo que has sufrido. No nos engañemos, el que no tengas un ojo morado no implica que te esté tratando bien. Si te hace sentir inferior, si te grita o te insulta, si controla cada paso que das, eso también es maltrato. Y muchas mujeres no lo saben o no lo quieren saber. El amor no justifica el sufrimiento. Quien de verdad te ama, jamás te hará llorar.

He de hablar en este artículo de un libro que me marcó; que, tras su lectura, me mantuvo pensativa muchísimo tiempo. Se trata de 1Q84, de Haruki Murakami. En él, la protagonista principal, Aomame, es entrenadora de defensa personal (hago aquí un inciso para decir que me enamoré de este personaje). Un buen día, una ancianita encorvada, le pide que vaya con ella a un sitio. Pues bien, este sitio resulta ser un refugio para mujeres maltratadas con todo tipo de vigilancia. La ancianita ofrece a Aomame trabajo: encargarse de todos los monstruos que han matado a sus mujeres, asesinándolos con un picahielos casero.

Entrar ahora en si me parece bien lo que Aomame hace con esos cabrones quizás levante un debate. Antes de meterme en ello, hablaré de una secta, que también aparece en el libro y que se llama Vanguardia. El líder de la secta “sufre” unas erecciones calificadas como bestiales y, para calmárselas, solo las niñas de 10 años pueden aliviarle cabalgando sobre él. Si, es asqueroso. Y si, es un monstruo. Y sé que estoy hablando de un libro, pero… ¿tan lejos está de la realidad? ¿Acaso no hay curas, obispos y demás que por una especie de “poder eclesiástico” se ven con derecho a abusar de los más pequeños? Es otro tipo de maltrato, pero me repugna al mismo nivel que el maltrato a la mujer. ¿Estaría justificada la pena de muerte para semejantes seres?

¿Estaría justificada para alguien que lanza ácido a la cara de su mujer y la quema viva? ¿Estaría justificada para alguien que apuñala a sangre fría a su ex mujer solo por rehacer su vida?

Supongo que el trabajo de Aomame, con semejantes monstruos, no deja lugar a la redención.

Para mí, Aomame representa mi ideal de heroína.

Y punto.

 

Geek Soul.

 

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