Columnistas: Populismo en Europa

Populismo” en Europa: ascenso de populismos reaccionarios y movimientos contrahegemonicos desde el sur de Europa.

En la actual Europa, a raíz de la crisis económica, hemos podido ver que las medidas impuestas por la troika (Banco central Europeo, Fondo Monetario Internacional, Comisión Europea) hacia los países de Europa del sur han provocado durísimas consecuencias sociales en el sur y el este de Europa, con un severo agravamiento de las desigualdades sociales y de la pobreza y  un inquietante vaciamiento de la propia democracia.

Partiendo de esta situación hemos podido observar como la fuerte clase media ha ido desapareciendo. Y los sectores subalternos, más vulnerables y en riesgo de exclusión social, han sido más excluidos y desamparados por el sistema al tiempo que las elites económicas se han enriquecido con la crisis. Es decir, la brecha entre las elites económicas y las clases populares ha aumentado.

Este tipo de desigualdades y de desamparo tanto a nivel nacional como europeo ha propiciado al ascenso de populismos reaccionarios de derechas en Europa. El crecimiento del populismo obedece a una fuerte frustración social y a una creciente deslegitimación de la democracia representativa.

Podemos afirmar que la democracia ha sufrido una degradación. Desde las elites político-económicas tanto europeas como nacionales, han instaurado unas democracias de mercado que supone no dejar espacio para otras posibles alternativas en materia de gobierno y de economía. Mouffe (2010) refiere a la eliminación del tema de la soberanía popular en las sociedades democráticas como elemento para comprender el auge de los populismos de derecha en Europa.

Los partidos de extrema derecha crecen en Europa como el frente nacional francés de Marine Le Pen, el neerlandés Partido de la libertad, PVV, de Geert Wilders, Amanecer dorado, movimiento para una Hungría mejor (JMM). Estos partidos tienen un programa ultranacionalista, xenófobo, es decir, articulan identidades como un “nosotros” (hombre blanco, nacional) señala al “ellos” como al enemigo (extranjeros, minorías étnicas).

Estos partidos reactivan la soberanía popular pero el problema es como construyen ese pueblo. La derecha es la que intenta articular al pueblo, la de movilizar las pasiones, ante una izquierda más pasiva dejando de lado esa articulación del pueblo.

En España, y algunos países del sur de Europa, no se da tanto el ascenso de un populismo de derechas porque aparecieron movimientos contrahegemónicos como el 15-M, que repiensan la política y vuelve a replantear la idea de soberanía popular, la disputa de estos sentidos, y la reconstrucción de la idea cívica, popular en un sentido de país democrático.

A raíz del 15-M en España, muchos países del sur de Europa se han hecho eco de las protestas de reclamación de más democracia, más soberanía popular y más derechos del movimiento de los “indignados”, ya que las políticas neoliberales han provocado situaciones similares de pérdida de democracia, empobrecimiento y despolitización de las clases medias y populares a las que sufren en sus propios países. Posteriormente en el Sur de Europa han aparecido partidos políticos como SYRIZA (coalición de grupos políticos) en Grecia, o Podemos en España que intentan articular las diferentes demandas heterogéneas para tratar de constituir una voluntad popular nueva que reivindique con éxito la representación del interés nacional. Estos movimientos y partidos tienen rasgos populistas en un sentido común democrático.

Los populistas de izquierda se han aferrado a la teoría de la soberanía nacional (entendida en sentido cívico y democrático), contra la troika. El Populismo de izquierda debe entenderse como la agrupación y movilización del pueblo, en una relación dicotómica entre arriba y abajo y se apela a los de abajo para realizar el cambio.

Este cambio populista es para recuperar la democracia, la recuperación y cumplimiento de derechos sociales, y la recuperación de la soberanía popular, se trata pues de dar el protagonismo al pueblo, y que éste tenga más capacidad de decidir. Si observamos bien el populismo no es un régimen, es una forma de hacer política, y esa forma de hacer política se puede dar en un sentido más democrático (izquierda) o más reaccionario (derecha). Esta distinción es útil de manera social para distinguir formas de hacer política de manera democrática de las que no lo son. Por otro lado Fernández Liria (2016) en torno a la distinción entre un populismo de izquierdas y uno derechas afirma “Si no se hace referencia a las instituciones republicanas, se pierde sin remedio la única brújula que permite hacer distinciones políticas”. Se trata pues de recuperar las instituciones controladas por una elite político-económica que pone esas mismas instituciones a una minoría; esa recuperación implica una verdadera democratización de las instituciones y ponerlas al servicio de la ciudadanía. Esto no implica recuperar la democracia solo a través del parlamentarismo sino que debe existir un poder social fuera de las instituciones como veremos en el punto siguiente de este trabajo.

Por otro lado, conviene recuperar el término “populismo” en nuestro país, ya que muchos poderes institucionales y poderes fácticos han dado un uso peyorativo al término “populismo” que se le acerca mucho a la demagogia y se asocia como una etiqueta negativa que ha consigo calar en una parte de la población debido a la reincidencia del uso peyorativo que usan los medios de comunicación de manera constante a raíz de movimientos como el 15-M, o el partido político Podemos. Se trata pues de asociar las prácticas populistas con las nuevas prácticas de democracia radical.

Antonio Merino Garrido

Trabajador Social.

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