La Reseña. John Wick: Parabellum

En el siglo V d.C., el autor romano Vegecio escribía Si vis pacem, para bellum, o lo que es lo mismo, Si deseas la paz, prepara la guerra; la frase trascendió a la posteridad como una máxima a favor de la prudencia, un consejo secular que insta a estar preparado para defenderse si se quiere poder vivir en paz. Y es, sin género de duda, una frase que John Wick, el sicario más famoso del cine y, probablemente, el hombre con más suerte que he visto, tendría que tatuarse bien a la vista dados los problemas en los que suele andar metido.

El pasado viernes 31 de mayo se estrenaba en las salas de nuestro país John Wick: Parabellum, la tercera entrega de la saga nacida en 2014 y protagonizada por el incombustible Keanu Reeves y los veteranos Ian McShane (Deadwood, Piratas del Caribe: en mareas misteriosas), Laurence Fishburne (Tina, Matrix) y Lance Reddick (American Horror Story, Asalto al poder). Si al final de la anterior entrega John Wick cometía un crimen en las instalaciones del Continental, el hotel en el que los asesinos se alojan lejos de miradas curiosas, en esta se enfrenta a la persecución implacable por parte de sus compañeros tras ser oficialmente expulsado (excomulgado, en la jerga que estos sicarios utilizan) del gremio. Penden sobre él 14 millones de dólares que cualquiera que acabe con su vida podrá cobrar y que lo llevarán a recorrer las calles de Nueva York y Casablanca junto a su inseparable perro en busca de la redención. Frente a Reeves e interpretando a su mayor enemigo, el asesino Zero, un Mark Dacascos (El pacto de los lobos, Agentes de S.H.I.E.L.D.) en estado puro que consiguió, gracias a su absoluto dominio de las artes marciales, que se reescribiera el guion para adaptarlo a sus habilidades tras la salida de Hiroyuki Sanada (Life, 47 Ronin) del proyecto por una lesión.

La película ha sido dirigida una vez más por Chad Stahelski –doble de escenas de acción que sustituyó a Brandon Lee tras su trágico fallecimiento en el set de El Cuervo allá por el 93 y que trabajó con el propio Reeves en Matrix–, que se ha traído con él en esta ocasión a la oscarizada Halle Berry (Monster’s Ball, X-Men) acompañada de dos canes a los que le aconsejo, querido lector, que no quite ojo, a Jerome Flynn (Juego de Tronos, Ripper Street) como el antiguo jefe de ésta, y a la gran Anjelica Houston (El Honor de los Prizzi, La Familia Addams) sumergida en el papel de una matriarca bielorrusa misteriosamente conectada con el asesino más buscado. Stahelski no lo tenía fácil tras una primera película que, sin contar con la repercusión inicial de sus sucesoras, adquirió notoriedad gracias al boca a boca (recaudó unos nada desdeñables 88 millones de dólares sin siquiera pasar por los cines de muchas ciudades) y resucitó, en opinión de muchos, la carrera de su protagonista, y una secuela que hizo honor a su predecesora y nos permitió atisbar algunos interesantísimos detalles sobre la forma en la que se estructura la organización para la que Wick trabaja. Uno de los mayores atractivos de la saga es, precisamente, el cuerpo mitológico generado alrededor de estos sicarios trajeados de impecables modales y eterna elegancia, que se alojan en establecimientos especiales y reciben encargos desde una centralita repleta de operadoras caracterizadas al más puro estilo pin-up. Las normas a las que se someten los sicarios las dicta la Alta Mesa, que puede ser tan benévola como implacable, y que mantiene un orden férreo dentro del caos que puede llegar a generarse entre un grupo de hombres y mujeres que viven para matar. E igual de tentadoras que las curiosas costumbres de estos asesinos (que esta vez conoceremos más en profundidad), son las cuidadísimas escenas de acción por las que John Wick se ha hecho famoso; en una época en que el cine se vale de efectos especiales y coreografías poco calculadas con múltiples cambios de plano para vendernos la moto, John Wick nos regala algunas de las escenas más bellamente construidas que recuerdo, poniendo el ojo constantemente en la tradición del cine asiático y coreografiando con mimo cada pelea. La violencia de John Wick, lejos de ser gratuita o facilona, resulta interesante e invita a ser contemplada y analizada. A Reeves, claramente, no se le han olvidado los fantásticos movimientos aprendidos para la saga Matrix, y consigue junto a sus adversarios que cada escena de lucha resulte no solamente impresionante sino, lo que es más complicado, realista. En Parabellum, como en sus antecesoras, Wick reparte y recibe (a mano o armado con lo último en armas de fuego) de una forma tan equilibrada que acaba por doler, pero despliega en cada pelea una perfección técnica que consigue hacer creer al espectador que, además de humano, es esa Baba Yaga de cuento de terror con la que el fallecido Mikael Nyqvist (su antagonista en la primera película) lo apodaba.

Está por ver si la cuarta entrega, que ya ha sido confirmada, sigue la estela de las anteriores o supone la agonía y muerte de una saga que se ha ganado el amor del público por derecho propio, pero por lo pronto seamos optimistas y recordemos al lector que si quiere disfrutar de dos horas de acción de la buena, una historia que atrapa desde el primer momento y unos cuantos perros que hacen entender por qué Wick quiso volver al redil, debe pasarse por la sala de cine más cercana y disfrutar de John Wick: Parabellum. Le prometo que no se arrepentirá.


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