Anecdotas musicales: Las cosas bien hechas

Iba a hablar de cierta marca de bafles pasivos (no iba a hablar mal, sino que solo iba a poner en tela de juicio un par de cosillas, reales a mi modo de ver), pero que me parece que van a quedar para mejor ocasión, ya que me ha venido a la cabeza una anécdota, relacionada con estas cuestiones musicales que tanto me gustan, y que me ocurrió hacia finales del siglo XX; concretamente en 1.998.

Bueno, pues hoy ha tocado escribir sobre algunas cosas que los fabricantes de instrumentos musicales, fundas, altavoces, bafles, etcétera… no tienen en cuenta a la hora de producir. A veces se hacen las cosas mal, no por ahorrar en costes (que también), pero en muchos casos es por falta de experiencia en el tema. Como yo digo a veces, hay que hacer las cosas con… cariño. Esto ocurre en cualquier ámbito de la vida: desde el que te prepara un bocadillo en un chiringuito, hasta el que te vende un pincho de tortilla… o el que te fabrica un equipo de sonido, y es que no partimos de la premisa principal que debería regir la vida de las personas: “si no vale para mí, tampoco vale para los demás”. Da igual que no protesten, da igual que no digan nada (si no dicen nada es peor, ya que nos quedamos “rumiando en nuestro interior” y nos hacemos el propósito de nunca más entrar en ese bar o nunca más comprar esa marca de lo que sea, que nos ha salido “rana”); a la larga unas formas de fabricar y de trabajar adquieren fama y llegan a lo más alto, mientas que otras se hunden en la más absoluta miseria, llegando incluso a desaparecer; ¿por qué? pues porque falta oficio, falta el tener gusto por lo que se hace, falla el poner la intención de querer hacer las cosas bien. Esto se da en todos los aspectos de la vida, desde la fabricación de un automóvil hasta ponerte en un bar una ración de patatas fritas.

No nos damos cuenta de que si hacemos las cosas con gracia, con cariño (como acabo de decir) a la larga redunda en beneficio del propio fabricante… y paso a explicar con un ejemplo, para que se me entienda mejor y dejarme ya de este rollo, que muchos no sabréis a que viene, pero que seguro que alguna de estas cosas que acabo de decir os habrán pasado alguna vez.

Hacia finales del siglo pasado (concretamente en 1.998) me compré un teclado de la marca Roland, que venía sin funda como es lógico, ya que no la había comprado. Concretamente solo traía su embalaje de cartón (muy bien embalado por cierto, con sus “láminas de burbujas protectoras” (de esas con las que nos divertimos haciéndolas estallar), su “ración” de porexpan protector y el cartón de embalar, con algunas de sus características técnicas explicadas en el mismo. El teclado es algo parecido a este que aquí se observa:

Con el teclado, muy bien; de hecho en la actualidad (2019) todavía lo sigo utilizando y siguen siendo sus sonidos totalmente modernos y de gran calidad.

Pero el tema no es el teclado. El tema es que, una vez sacado de su embalaje me di cuenta de que necesitaría una funda para protegerlo… y fui a comprar una especie de maleta que vendían en la tienda en la que yo había comprado dicho teclado y que se ajustaba en la medida, al mismo.

Bien, pues por 90 euros compré una maleta como esta (no es la auténtica, ya que no he encontrado fotos de la misma. Sirva esta foto, junto con la que vendrá después, para ilustrar el ejemplo). ¿No le notáis nada raro? Como supongo que no tendréis ganas de jugar a las adivinanzas os lo contaré: a esta maleta LE FALTA una cinta (que apenas cuesta 30 cts.) que sujete la tapa de arriba al ponerla vertical para que no se venza hacia atrás; una a cada lado… o por lo menos una de un único lado…

… algo parecido a esta otra:

… que aunque lo que tiene a los lados parece metálico (en esta ilustración), yo no pido tanto; solo pediría una cinta de ¡30 céntimos! que EVITE que se rompan las bisagras al abrir la tapadera con exceso de energía o con prisas (que siempre tenemos los músicos). Incluso esos treinta céntimos los pueden rentabilizar, cobrando la maleta, en vez de 90 euros… pues 91 o 92 o 93. ¡Y todos contentos!

Bueno, pues el hecho de no tenerlas hizo que se venciese la tapadera hacia atrás (no el primer día, claro… pero si el cuarto o quinto; cada día iba un poco más hacia atrás), se tronzaron las bisagras (tres o cuatro que tenía) y no se rompió la maleta de pura suerte. Total, tuve que comprar otras bisagras más resistentes, hacer los ajustes pertinentes, desatornillar, atornillar… coger mi dosis de enfado y todo por ¿30 o 40 céntimos? ¡Porca miseria! ¡Qué fácil hubiera sido hacer las cosas bien desde el principio!

¿Qué opináis vosotros? ¿Os ha pasado alguna vez algo parecido y os habéis cabreado con el fabricante?

En fin, que como yo digo ¡a veces nos falta oficio!

J. Luis Nieves


Deja un comentario