La Reseña: Rambo Last Blood

Allá por 1982, en plena era Reagan, los espectadores daban la bienvenida de la mano de Sylvester Stallone al soldado John Rambo, un ex boina verde y veterano de la guerra de Vietnam que encuentra, al volver a los Estados Unidos, el rechazo y la hostilidad de una sociedad que reniega del conflicto y de las barbaridades cometidas en él y desprecia la labor de los militares que defendieron al país, mientras se enfrenta a un grupo de policías que intentan cazarlo como a un animal. En 1985, Rambo volvía a las pantallas con una misión de reconocimiento y rescate en Vietnam de prisioneros de guerra estadounidenses que a nadie parecen importarles, ganándose elogios por parte del entonces presidente, que consideraba al personaje un símbolo de patriotismo y del ejército de los Estados Unidos. En 1988, Rambo emprendía un nuevo viaje –esta vez a Afganistán– para luchar contra los malvados soviéticos que torturan y exterminan a la población local y que han secuestrado a su mejor amigo, el coronel Trautman. Finalmente y 20 años después, allá por 2008, Rambo regresaba ya algo cambiado a las selvas de Tailandia para ayudar y rescatar a un grupo de misioneros americanos que intentan llevar medicinas y alimento a los miembros de la minoría étnica san, que sufren tortura, violación y asesinato por parte del régimen militar birmano.

Y desde el 27 de septiembre este singular héroe americano está de vuelta en nuestras pantallas con Rambo: Last Blood, la quinta y –espero– última entrega de la saga; y ya les adelanto que no es lo que esperan y que, independientemente de la calidad de estas cintas, ni está a la altura ni tiene demasiado que ver con sus predecesoras. Al frente del despropósito se ha puesto esta vez Adrian Grunberg (Wall Street: el dinero nunca duerme, Apocalypto), que con 50 millones en la mano ha decidido desposeer a Rambo de aquello que lo definía para ofrecernos una historia sentimentaloide que intenta suplir con un drama familiar lo altamente innecesario de una nueva entrega de la saga (que tendría que haber finalizado en opinión de esta servidora con el film del 88). En esta ocasión, Rambo lleva una vida más o menos tranquila en su rancho de Arizona, acompañado por su asistenta, la hija de ésta, y un síndrome de estrés postraumático que intenta sobrellevar con numerosos frascos de pastillas. Pero todo su mundo se desmorona una vez más cuando la joven, Gabrielle, es secuestrada al otro lado de la frontera con México por un cártel dedicado a la trata de blancas y comandado por los hermanos Hugo y Víctor Martínez, dos violentos traficantes con más armas que cerebro. A partir de entonces da comienzo una búsqueda sin pausa que conducirá a Rambo a enfrentarse una vez más con los demonios que lo atormentan y a repartir estopa como sólo él sabe hacerlo.

A las órdenes de Grunberg se ha puesto por supuesto el eterno Sylvester Stallone (Rocky, Los Mercenarios), pero también un elenco de actores españoles al que, si los lectores ven la película en su versión original, escucharán forzando un acento mexicano con más tacos que palabras que posiblemente hubiese sido mejor llevado por, no sé… ¿actores mexicanos? Hablo ni más ni menos que de Paz Vega (Lucía y el Sexo, Sólo mía), Óscar Jaenada (Camarón, Cantinflas) y Sergio Peris-Mencheta (Los Borgia, Resident Evil: Afterlife). Intervienen también la mexicana nominada al Óscar Adriana Barraza (Babel, Dora y la ciudad perdida) e Yvette Montreal (Matador, Faking It), y lo cierto es que para haber contado con un equipo de actores de sobrado talento y profesionalidad, la cinta no pasa de ser una versión stalloniana de la conocida saga Venganza protagonizada por Liam Neeson (padre angustiado sufre el secuestro de su hija y desata un infierno de balas sobre los criminales, y tres o cuatro van ya), sólo que con visiones apocalípticas de la guerra de Vietnam y cierto tufillo trumpiano en cuanto al tratamiento de lo que se encuentra uno cuando cruza la frontera y entra en México, ese país en el que parece que lo único que hay son bandas, traficantes, y un par de personas decentes marcadas por los dos primeros.

La línea argumental familiar no hubiera supuesto un problema de haber sido tratada de otra forma; al fin y al cabo en las entregas anteriores se muestra a John Rambo como un hombre solitario a quien ya no le queda nadie, y la historia se hubiese podido explotar de mejor manera. El sarpullido aparece cuando uno se da cuenta de que Rambo, el eterno soldado devastado por la guerra, el héroe que no lo es para sus compatriotas, el luchador olvidado que lo ha dado todo por su país recibiendo a cambio únicamente desprecio, ha sido desposeído de toda su personalidad para ocupar el lugar de tío preocupado y comprometido con el rescate de su sobrina. Les diré que, durante los 89 minutos de metraje, a ésta que les habla no se le quitó de encima la sensación de que sabía que Rambo era Rambo porque estaba escrito en su buzón y en las etiquetas de sus botes de pastillas, pero no reconocía al personaje en ningún momento. Quizá sí se lo puede vislumbrar en las escenas finales, en las que pone en práctica toda su sabiduría y entrenamiento de boina verde para atraer a los malos hacia un campo de trampas (casi los únicos momentos de acción de la película), pero no he podido distinguirlo en el resto de la cinta.

Personalmente me parece destacable la actuación de Jaenada, pero quizás se trate de una opinión parcial porque siempre he creído que es un tipo camaleónico que da el pego de aquello de lo que lo pongas (artista flamenco, guerrillero cubano, español barroco o traficante mexicano adicto a la coca); sin embargo, es hora de que Stallone deje descansar a Rambo, que posiblemente tendría que haberse vuelto al rancho de su padre con su amigo al final de la tercera entrega y no haber dado más señales de vida. La película sobra, es innecesaria y pretende algo que, a mi parecer, no consigue. Entiendo que a través de la historia familiar se intenta conmover al espectador y hacerlo conectar con el sentido de pérdida de su protagonista, pero no sólo no se logra sino que Rambo en su papel de niñera no encaja en ninguna parte, y no creo que nada que se haga con el personaje 30 años después supere lo mucho más conmovedor del discurso final que entona al término de la primera película, al abrirse en canal sobre su experiencia en Vietnam y lo que esperaba a su regreso a casa. Las secuelas, aunque no estaban a su altura, cumplían al menos su función. Rambo: Last Blood ni siquiera logra eso.

Me resta sin más recomendarles un interesantísimo artículo que se publicaba esta semana en El País sobre el soldado en quien se basó la historia de Rambo, y advertirles de que quizá sería más inteligente invertir su dinero en alguna otra película que merezca la pena y no los obligue a contemplar la caída en desgracia de un mito del cine.

Nymphetamine


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