Electrónica: Deep house

Prácticamente todas las manifestaciones artísticas a lo largo de la historia, y en especial aquellas que se consolidaron como fenómenos de masas, han ido moldeándose y adaptándose en función de la estética o las demandas de la audiencia de cada época con el fin de ir poco a poco garantizándose su supervivencia a la vez que iban dando paso a nuevas vertientes que, en su inmensa mayoría, no hacían otra cosa que enriquecerla. Por lo tanto, siguiendo este planteamiento, podemos hablar a nivel pictórico de como el impresionismo cultivado en Francia por Monet o Renoir encontró con el neoimpresionismo de Seurat un digno sucesor. Del mismo modo, en la literatura, movimientos como el realismo y el naturalismo no solo han ido evolucionando, sino que se han adaptado a diferentes culturas como podemos ver en el caso del realismo mágico, que recoge mucha influencia de las costumbres latinoamericanas. La música no es una excepción, y detrás de la inmensa mayoría de géneros hay un amplio ramal de subgéneros fruto de la experimentación y la evolución, así pues, de la gruesa rama del rock florecen otras más pequeñas como el progresivo, el psicodélico, y un largo etcétera. Tres cuartas partes de lo mismo sucede con todos los géneros de la electrónica, especialmente del house, del cual surge el subgénero que analizaremos hoy: el Deep house.

Heredero del house cultivado en los ochenta y del jazz funk, el deep house apareció a lo largo de la década de 1980 en los Estados Unidos como una vertiente más suave y cálida de la electrónica, en contraste con los rígidos sonidos mecánicos propios del electro de Detroit. La influencia de géneros como el jazz favorecieron la potenciación de este carácter más pomposo e ameno, ablandando su sensación acústica, con lo que se convirtió en el género más bailable por antonomasia dentro del abanico de la música electrónica. Su centro neurálgico se encuentra en el club de ocio nocturno Warehouse, situado en la ciudad de Chicago, Illinois. Allí el dj Frankie Knucles, considerado como el padre del deep house, comenzó a experimentar con diversos géneros como el funk o el jazz, hibridándolos con el house para dar paso a una nueva corriente que pronto se extendería por toda la geografía de Norteamérica y Europa. Su carácter melódico la convertiría en un acompañante perfecto en las noches de relax, por lo que encontró un caldo de cultivo perfecto en las zonas costeras donde los turistas buscaban playa y fiesta. No obstante, su audiencia también se extendía a otros ámbitos, ya que el género rozó el mainstream gracias a hits como “Move your Body” de 1986 o gracias a personalidades como Marshall Jefferson, encargado de su difusión a nivel global.

A nivel compositivo el deep house se caracteriza por melodías complejas con presencia de marcados acordes cromáticos y un bajo sampleado que marca un ritmo constante supeditado a un rango que oscila entre los 120 y los 125 BPM. Su gran sello de identidad frente a otras manifestaciones de la electrónica, y del house más concretamente, es la presencia en casi todas las composiciones de una voz solista, especialmente en las más actuales. También se caracteriza por la amplia duración de sus canciones, que suelen situarse entre los 6 y los 10 minutos, aunque algunas de ellas pueden incluso sobrepasar el cuarto de hora de duración. No obstante, las exigencias tanto de las discográficas como de las productoras musicales han provocado que esta característica haya prácticamente desaparecido retomando el canon de 3 o 4 minutos para cada pieza.

En cuanto a la popularidad del deep house, pese a no ser un “género de masas”, es decir, a no ser uno de los que más composiciones aporta a los rankings de éxitos, ha gozado desde sus inicios de una gran simpatía por parte de la audiencia. Actualmente sobrevive como una de las formas más consumidas de la electrónica gracias al trabajo de compositores como Robin Schulz, conocido por su single “Sugar”, o por el polifacético compositor escocés Calvin Harris, quien con colaboraciones con artistas de la talla de Dua Lipa en “One Kiss”, Rihanna en “This is what you came for” o el galardonado Sam Smith en “Promises”, ha conseguido no solo mantener con vida al Deep house, sino que también lo ha convertido en la gallina de los huevos de oro.

Diego D. Andrade


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