Rock & Metal: Dolores O’Riordan

Aquella tarde de finales de enero del 2018, en una de las paredes de la Iglesia San José, en Limerick, colgaba una enorme fotografía de Dolores O’Riordan junto al Papa Juan Pablo II. A orillas del nicho de muerte, un arreglo de flores blancas y narcisos reposaba junto a un mensaje: «La canción ha terminado, pero el recuerdo persiste». Cientos de irlandeses se agolparon para despedirse de la menuda y extraña «reina de Limerick». La vocalista de la banda The Cranberries había fallecido «accidentalmente» en un hotel de Londres a los cuarenta y seis años.

Leo Varadkar, gobernador de Irlanda, la recordó en un sentido comunicado horas después de que la trágica noticia se hiciera pública: «Dolores O’Riordan fue la voz de una generación. Para cualquiera que creció en Irlanda en la década de 1990, The Cranberries fue una banda icónica, que capturó toda la angustia que había concentrado aquella adolescencia».

En un tuit, los hermanos Hogan (Noel y Mike) y Fergal Lawler -sus compañeros de banda- hicieron alarde del privilegio de haber contado con una voz prodigiosa, dulce y enrabiada, propia de una mujer especial, libérrima e imperfecta.

Dolores O’Riordan fue enterrada junto a su padre en su pueblo natal, Ballybricken. Su papá había sido granjero y su madre proveedora de productos alimentarios de las escuelas de la zona. Una familia católica (el nombre de la cantante hace alusión a la Virgen de los Dolores), numerosa (siete hijos) y pobre. Ella era la más pequeña.

Vivían en una cabaña, en una zona rural. Los coches que pasaban frente aquel terreno, la tarde del funeral, tocaban sus bocinas en homenaje a la cantante. «Siempre que pasemos por esta carretera -testimoniaban- la recordaremos».

La cabaña tenía dos habitaciones para los nueve miembros de la familia. Un día se incendió y los O’Riordan tuvieron que vivir de la limosna de los parroquianos y la caridad del pueblo. Mientras tanto, Dolores les agradecía con su voz melodiosa y expresiva de incipiente mezzosoprano.

Dolores cantaba en el coro de la iglesia y escribía canciones desgarradas y románticas. La primera de ellas la tituló Calling y la dedicó a uno de sus profesores de la escuela: su primer amor. Años más tarde, cuando la fama había llegado y los reflectores se giraban persiguiéndola sobre el escenario, confesó que «un sujeto cercano a la familia» había abusado sexualmente de ella durante cuatro años y todo empezó cuando solo contaba ocho.

En la escuela la llamaban «la chica que escribe canciones». Sin embargo, el mote no era un halago, resaltaba sus rasgos hieráticos, su carácter solitario y esa bruma triste que espesó siempre su apariencia dulce y frágil.

El catolicismo de aquella Irlanda convulsa, que enfrentó durante décadas a católicos y protestantes, definió algunos de sus rasgos. Se convirtió en una mujer provida. No veía con buenos ojos el aborto; no le gustaba el «patético» modo en que Madonna jugaba con los símbolos religiosos; no consumía drogas lisérgicas; adoraba al Papa y consideraba su visita al vaticano como uno de los «días más felices de su vida». Quizás por ello, algunos colegas del ambiente del rock de los noventas -dominado por el Grunge, el ateísmo, la masculinidad, las voces atronadoras- la consideraban una minina pop bastante «contaminada» por su formación dogmática. Ella misma afirmaba que, de no haber conocido a Noel, Mick y Fergal, hubiera sido misionera.

El caso es que a los diecinueve años conoció a estos muchachos que parecían arrastrados por la moda del rock punk y las canciones cómicas. Era 1989 y Niall Quinn, vocalista de esa versión corriente de la banda, que se llamaba entonces Cranberry saw us, había tirado la toalla. Así que buscaban una voz para el grupo y Dolores apareció con su apariencia de monja y dejó a todos con la boca abierta.

The Cranberry saw us pasó a llamarse The Cranberries. Dolores tomó el mando en la composición de las letras, trabajando sobre la base de las melodías de guitarra de Noel. Así nació Linger y Dreams, dos temas que supusieron el despegue de la banda en el contexto de Limerick y más tarde Irlanda y el Reino Unido.

Aquella banda que no tenía propósitos serios adquirió una marca registrada gracias al canto a la tirolesa de Dolores. Su voz, que se oía por debajo del murmullo de la gente, aquella gris y húmeda tarde de enero del 2018 en la iglesia de San José, era una mezcla de rabia y alegría que, junto a otros exponentes indie, ha dejado su rastro indeleble en la generación X que creció en los noventas.

¿Por qué se apagó? Más de uno se lo preguntaba en silencio. ¿Qué había detrás de ese «accidentalmente»? Quizás una descompensación, causa de los fuertes antinflamatorios, pequeñas botellitas de Whisky y unos sorbos de Champagne francés; quizás uno de esos crueles soplidos que da la muerte sin aviso.

Lo cierto es que tenía cuarenta y seis años y estaba casi recuperada de unos problemas de espalda que la habían apartado de una gira en 2017 con The Cranberries, que apenas se había descongelado -tras seis años de parón-.

Dolores estaba en Londres para hacer unas grabaciones y se había dejado ver por Twitter junto a su gato, anunciando que estaba de vuelta.También parecían superados los brotes bipolares. Los mismos que la llevaron a la Corte de su país por escupir y golpear con la cabeza a un guardia aéreo en el aeropuerto de Shannon. Fue gracias a ese «comportamiento espantoso» que O’Riordan fue diagnosticada de trastorno bipolar. Una enfermedad que, más tarde, achacó a muchos episodios de su vida bastante altisonantes (anorexia, espíritu suicida, beber más de la cuenta), en las que se debatía entre momentos de euforia y otros de una oscuridad atosigante.

Cuando su desaparición se hizo pública, el padre de uno de los niños muertos en el atentado de Warrington en 1993 agradeció a la cantante por componer ZombieAnother head hangs lowly /Child is slowly taken /And the violence caused such silence»). La canción, clara alusión al trágico acto terrorista y por la que su banda The Cranberries será recordada, fue probablemente la más importante de la carrera de O’Riordan.

Zombie fue además una apuesta de guitarras duras, un acercamiento al grunge americano, un leve guiño de esta banda más bien indie al rock sin esperanza de los noventas. Y fue también un mosaico de la voz irlandesa de Dolores, su voz más humana y social. No fue la única vez que dedicó su trabajo a la lucha por la paz. También cantó con Pavarotti en un concierto benéfico en favor de los niños de Bosnia. Cantó Ave María, de la mano del tenor, en una noche que atesoró como «inolvidable». También hacía donaciones constantemente. Donó, por ejemplo, la indemnización que un diario británico tuvo que pagarle por divulgar que iba sin bragas en sus conciertos.

En su vida personal, Dolores O’Riordan tuvo tres hijos y estuvo casada durante veinte años con Don Burton, exrepresentante de Duran Duran. Pero sus últimos días se los dedicó a Olé Koretsky, miembro y productor de la banda D.A.R.K., en la que Dolores había participado.

A veces, algún conductor nostálgico pasa por los campos de Ballybricken y pega un bocinazo que se va apagando poco a poco, con suerte alcanza las montañas de Ballyhoura y despierta a la Virgen de los Dolores, la rabiosa voz femenina de Irlanda.

Combativa, agradable, distinta. A veces los pájaros genuinos del rock nos dejan demasiado pronto. Este es uno de esos casos. Han pasado dos años y medio desde aquel fatídico desenlace. Nos queda esa chica menuda, con un protector en la rodilla, debajo de sus faldas de muñeca rara; nos quedan sus cortes de pelo, tan variopintos; su nariz rectilínea en medio de esos ojos redondos y brillantes; nos queda Zombie, Linger y algunos otros temas de The Cranberries. Y nos queda la queja amarga cubierta de miel, o como quieran llamarle a la voz de Dolores.

Enrique Carro


Un comentario en “Rock & Metal: Dolores O’Riordan

  • el noviembre 6, 2020 a las 10:31 pm
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    Hermosa dedicatoria

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