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Cine clásico: Gaslight

El término inglés «gaslighting» o su traducción «hacer luz de gas a alguien», significa, según la RAE: «Intentar que alguien dude de su razón o juicio mediante una prolongada labor de descrédito de sus percepciones y recuerdos». Me gustaría remarcar la importancia de esta película en cuanto al concepto se refiere. Al igual que en la «Rebeca» de Hitchcock, el término, tal y como lo conocemos hoy en día, se hace popular gracias a un elemento de la película en sí. En el caso de «Rebeca», el título era el nombre de la protagonista, y el tipo de chaqueta que llevaba se hizo tan popular que la gente comenzó a llamar así a este a la prenda. En «Gaslight», nos situamos en la época victoriana. La luz venía de unas tuberías de gas, y las lámparas se encendían con una cerilla, como un candil. La protagonista advierte en muchos momentos que la intensidad de la luz de su habitación disminuye, y esto ocurre cuando se enciende la de otra estancia, restándole potencia a la que ya estaba encendida. Ella cree que hay alguien en la casa, pero la persona que tiene al lado la manipula de tal manera que comienza a dudar de su propio juicio. Este concepto, que hoy en día utilizamos para describir esta situación de manipulación psicológica, va a estar siempre presente (por varias razones) en esta cinta.

«Luz que agoniza» (1944), es un remake de la película británica «Luz de gas» (1940). Ambas se basan en una obra de teatro escrita en 1938 por el escritor Patrick Hamilton. ¿Por qué hablaremos del remake y no de la original? Porque, en mi modesta opinión, la película de George Cukor es infinitamente superior; la atmósfera asfixiante que el director y los actores consiguen crear es de una calidad excepcional. Se trata de una de esas joyas del cine que se te quedan grabadas para siempre, y esto no se consigue a la ligera. 

La historia comienza con la joven Paula Alquist (Ingrid Bergman), que va a mudarse a Italia para comenzar una nueva vida. Su tía, una famosa cantante que la había criado como hija suya, ha sido asesinada en extrañas circunstancias, por lo que ella abandona la casa familiar para olvidarse de este trágico suceso. Una vez en Italia, ella decide seguir la estela de su tía y estudiar canto, sin esperar que, diez años después, se enamoraría de su pianista Gregory Anton (Charles Boyer). Deciden juntos vivir en Londres y comenzar su matrimonio en la misma casa donde falleció su tía y que le dejó en herencia a Paula. Una vez allí, siente que algo no va bien: escucha pasos en la noche, sonidos extraños… A raíz de estos sucesos, Paula cree que ha perdido la cordura. Es en ese mismo instante cuando empieza su particular infierno.

El director no podría haber escogido mejor los actores, tanto los principales como los secundarios se encargan de envolver, consciente o inconscientemente, a la protagonista en una perfecta tela de araña. Charles Boyer interpretando a Gregory, crea un perfil de villano totalmente diferente de lo que se acostumbraba en la época. Es curioso cómo, en un inicio, y aun sabiendo que esconde algo, da la impresión de ser la persona más encantadora del mundo. Crea sigilosamente una preciosa burbuja de la que la protagonista no puede salir, lo consigue desde los halagos y la lógica irrefutable de una persona ciertamente sibilina. George Cukor apuesta por un melodrama criminal, pero desde la cara psicológica. Lo que a priori nos puede parecer una trama sencilla de asesinato sin resolver con un avispado detective investigando, se convierte en un terrorífico laberinto de emociones en el que esa trama pasa a un segundo plano.

La narración no tiene un punto de vista único. La película, en su primer tramo, podría tratarse perfectamente de un drama romántico con pareja feliz en el que todo es ideal y precioso. La luz es distinta, los rasgos de los protagonistas también lo son, pero esto va cambiando lentamente al tiempo que la cinta va introduciéndose en esa relación de dependencia que el espectador acaba por sentir en sus propias entrañas. Ingrid Bergman, que consiguió un Oscar con este papel, hace de mosca confiada que va aproximándose despreocupadamente hacia la tela que han tejido especialmente para ella sin darse cuenta. Presenciamos un espectáculo único de interpretación en el que Bergman despliega su talento pasando desde la candidez al pavor con una naturalidad pasmosa. Su hija aseguró que fue a hospitales psiquiátricos para estudiar los gestos y movimientos de una persona desequilibrada. Como resultado, asistimos a una de las mejores interpretaciones de la que fue considerada por muchos un mito del séptimo arte. 

El tercer protagonista debería ser la luz. Desde el primer plano en el que se encienden las farolas, pasando por todos los momentos en los que las lámparas disminuyen su intensidad, la luz tiene un significado metafórico. El director de fotografía, Joseph Ruttenberg, combina las luces con las sombras según el momento de la trama creando una atmósfera nada imparcial en la que odiaremos a Gregory y nos identificaremos y sufriremos con Paula. En el caso de Bergman, parece que tiene una luz interna que se enciende o apaga según su estado de ánimo. Este efecto resulta casi mágico, esa radiante luz nos hace sentir su alegría cuando ella está contenta porque su marido la va a llevar al teatro. O, en cambio, los tonos sombríos que se erigen sobre ella cuando duda de su cordura, nos llevan a palpar su desesperanza. 

Cinta original y valiente, mostró esta manipulación psicológica de una forma tan real, que terminó dando nombre a este concepto tal y como lo conocemos hoy en día.  En definitiva, una interesantísima película que ha hecho historia convirtiéndose en un referente de la psicología y, como no, del cine.

Patrica Llácer


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