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Cine de culto: El club de la lucha

La primera regla del Club de la Lucha es: «Nadie habla sobre el Club de la Lucha». Lo siento Tyler, romperé esta regla. Es por el bien del club, hazme caso.

Hay películas que sin esperarlo ni pretenderlo entran de forma inmediata en ese limitado elenco de films que conforman lo que todos conocemos como «cine de culto». El Club de la Lucha es una de ellas.

Estrenada en 1997 y basada en la novela homónima de Chuck Palahniuk —que participó también en la elaboración del guion adaptado—, David Fincher trajo hasta nuestras pantallas algo diferente, capaz de contentar y enfurecer por igual a los aficionados al blockbuster y a los cinéfilos más apasionados, a los amantes del cine de palomitas y a los más filosóficos. Porque El Club de la Lucha es así: o lo adoras o lo odias, pero es casi imposible que pase por ti con indiferencia.

¿Cómo conseguirlo?

Primero, seleccionando un elenco de actores tan aclamados por la crítica como queridos (en ocasiones, también odiados) por el público: Edward Norton, Brad Pitt (si encima le quitas la camiseta y le permites mostrar las mejores abdominales de la historia del cine, cuenta doble) y Helena Bonham Carter.

Segundo, creando una película montada a modo videoclip, con un ritmo frenético e imágenes casi epilépticas, que atrape al espectador desde el primer minuto.

Tercero, unas buenas dosis de testosterona, puñetazos y monólogos revolucionarios que te llevarán a querer levantarte del asiento, dejar tu trabajo de forma inmediata, coger un rastrillo y salir a la calle a destruir cosas.

Por último, más sutil, más en el fondo del asunto, un análisis crítico, filosófico y nietszcheano de la sociedad capitalista de una generación entera y, más en concreto, del homo economicus en el que nos hemos convertido.

Pese a todas estas buenas intenciones, a la productora (20th Century Fox) no le gustó la película. Les pareció que no tenía un público objetivo claro y que las imágenes y proclamas eran tan agresivas que pensaron que incomodarían al espectador. Ya sabéis, cosas de los ejecutivos de los grandes estudios. Tanto es así que modificaron la campaña de marketing que habían planificado con un único objetivo: reducir costes, no sufrir pérdidas y esperar que la cinta pasara sin pena ni gloria por las salas de cine. Que el menor número de gente posible pudiera asociar al estudio con aquella película, que consideraban fuera de tono.

Y así fue. El Club de la Lucha pasó casi desapercibida por las salas y por la taquilla. Tras su lanzamiento, en cambio, la crítica se polarizó. Algunos críticos la encumbraron y otros, la vilipendiaron. En todo caso, finalmente, El Club de la Lucha recibió 15 nominaciones a diferentes premios (entre ellas, una nominación al Óscar a «Mejor montaje de sonido» y dos a los premios del American Film Institute) y actualmente cuenta con un 8.8 de calificación en IMDb.

El impacto real de la película se dio tras su paso al DVD, donde se incluyeron escenas inéditas —algunas, las comentaremos después en el apartado de curiosidades— y se dirigió al público general que, ahora sí, se lanzó a conseguir esa película que tanta gente amaba —u odiaba— y que, aunque enmarañada en forma de blockbuster, suponía un golpe en el eje de flotación de toda una generación: los Millenials y la Generación X expuestos ante sí mismos como la gran escoria de la Historia. Porque como Tyler Durden se esfuerza en demostrar: “Somos los hijos malditos de la historia, desarraigados y sin objetivos. No hemos sufrido una gran guerra, ni una depresión. Nuestra guerra es la guerra espiritual, nuestra gran depresión es nuestra vida.”

Pero ¿de qué va El Club de la Lucha?

El protagonista (sí, lo llamaremos el protagonista —o el Narrador—, porque no conoceremos su nombre durante toda la película, interpretado por Edward Norton) es un hombre de mediana edad que trabaja en un monótono trabajo en el que sobrevive a base de acatar las órdenes de sus grises jefes, vive en una casa tipo repleta de muebles de Ikea y malvive a duras penas entre el hastío y la desesperanza, gastando el poco dinero que es capaz de ahorrar en ropa de marca y caprichos del todo innecesarios. Se siente vacío, triste, despreciado y minusvalorado. ¿Os suena?

Tras una crisis de insomnio que dura más de seis meses, su terapeuta le invita a asistir a sesiones de terapia para pacientes con cáncer testicular, con el objetivo de que allí conozca el verdadero sufrimiento. Parece que convivir con un sufrimiento real le aporta algo de esperanza y termina convirtiéndose en un adicto a esas reuniones, donde conoce a Marla Singer (Helena Bonham Carter), que también finge haber pasado por distintos tipos de cánceres —incluyendo uno de testículos—, con el objetivo de desahogarse y compartir tiempo con aquellos pacientes, que sí sufren de verdad.

Durante un viaje de avión, el protagonista conoce a Tyler Durden, un vendedor de jabón artesanal que pronto se le revela como el macho alfa en el que cualquier hombre en su situación querría convertirse: atractivo, visceral, dominante y, sobre todo, liberado. Liberado de la sociedad en la que el Narrador se ha obligado, sin saber muy bien por qué, a vivir.

Allí comienza una relación muy especial entre Tyler y nuestro protagonista, que comenzará a aprender el modo de vida de Tyler, basado en la autodestrucción y la violencia. En la deconstrucción de uno mismo alejado de los cánones sociales impuestos por el capitalismo —y, sobre todo, la sociedad consumista en la que tratamos de sobrevivir— para reinventarse y autodescubrirse de nuevo, creando un álter ego de nosotros mismos. Pero esta vez dominante, liberado y destructivo, aunque, a la vez, creador.

Ambos crean una especie de grupo de apoyo llamado «el Club de la Lucha» en el que sus asistentes, como si de una terapia se tratara, aceptan unas determinadas reglas para, después, participar en peleas clandestinas, crudas, violentas y que duran hasta que uno de los dos queda inconsciente, aderezadas con discursos y monólogos de Tyler Durden que tienen como objetivo hacerles despertar, hacerles entender que la vida que viven no es la que quieren, que no es la que merecen. Que han de dejar a un lado todas las obligaciones sociales, su moral y su ética para, por fin, crear su propia forma de vida.

Todo ello llevará al club a organizarse en un grupo —entre revolucionario y terrorista, llamado Proyecto Mayhem— que buscará proclamar las reglas y filosofía del Club de la Lucha por todo el país.

La filosofía en El Club de la Lucha

Desde luego, si las reglas y filosofía del club de la lucha se basaran en un intelectual real, ese sería Friedrich Nietzsche. En Así habló Zaratustra —en uno de sus épicos, aunque crípticos pasajes—, Nietzsche resume una de sus principales teorías filosóficas que atiende uno de los puntos críticos de la película: ¿somos lo que somos? ¿Somos lo que queremos ser? O, en cambio, ¿somos lo que la sociedad, la moral y el capitalismo ha querido que seamos? ¿Nos han convertido en lo que querían que fuéramos?

En uno de sus míticos monólogos, Tyler Durden declama ante un testosterónico círculo de hombres ensangrentados: “Tenemos empleos que odiamos para comprar mierda que no necesitamos (…) Crecimos con la televisión que nos hizo creer que algún día seriamos millonarios, dioses del cine o estrellas del rock, pero no lo seremos y poco a poco lo entendemos, lo que hace que estemos muy cabreados.”

Y en eso se resume este curioso club. En que estamos enfadados por las promesas rotas de una sociedad consumista que nos lleva a hacer cosas que no queremos hacer y a aguantar a personas que no queremos aguantar con un único objetivo: comprar cosas que no necesitamos.

Si alguna frase hizo célebre a Nietszche fue: “Dios ha muerto”. Y también Tyler Durden tiene sus dardos preparados para Él: “Somos los hijos indeseados de Dios, ¿y qué? Nuestros padres eran nuestros modelos de Dios, y si nuestros padres nos fallaron, ¿qué dice eso de Dios? Tienes que tener en cuenta la posibilidad de no caerle bien a Dios, él nunca quiso tenerte. Con toda probabilidad él te odia, pero no es lo peor que pueda ocurrirte. ¡¡No lo necesitamos!! Que se jodan la maldición y la redención, somos hijos no deseados de Dios, así sea.”

Y como Nietsche, Tyler y el Club de la Lucha reniegan de ese Dios misericordioso por el que teníamos que cumplir los mandamientos, por el que teníamos que ser bondadosos para llegar al juicio final con las de ganar. Para Tyler Durden —como para Nietszche— no tiene sentido. Por lo tanto, ¿por qué seguir las normas morales que nos limitan si, en realidad, nadie nos juzgará al final de todo esto?

Nietsche tenía su camello, su león y su dragón. Me refiero a esa metamorfosis del hombre al Superhombre que consiste en pasar de ser un esclavo —de la sociedad, un camello para el filósofo—, a transformarse en león —ese ser enrabietado con lo que le rodea, salvaje y violento que ansía la destrucción de su contexto y para ello, de sí mismo— para, por último, metamorfosearse por fin en un dragón —que representa la última fase del hombre— antes de convertirse en su figura definitiva: el niño —que representa las ansias de creación del propio contexto, la superación de uno mismo sin atenerse ya a las normas morales impuestas por la sociedad—, creador de nuevos universos donde, por fin, hallar la felicidad.

No, no es fácil. Y en ocasiones, ni siquiera intuitivo. La deconstrucción que proponía Nietzsche —y propone Durden— es un paso duro y autodestructivo que nos obligará a salir de lo que es aceptable por la sociedad para crear por fin una nueva sociedad donde, ahora sí, ser aceptados por nosotros mismos. Ya no como camellos, leones o dragones. Ni siquiera como niños. Ahora, por fin, como Superhombres.

Y ahora sí, comencemos por deconstruir la película con estas curiosidades:

1/ La calidad, realismo y crudeza de las escenas de lucha no son casualidad:

Brad Pitt y Edward Norton entrenaron y recibieron clases durante meses de boxeo, taekwondo y artes marciales mixtas. Además, Julie Pierce —directora de maquillaje— pasó el mismo tiempo estudiando los resultados en las caras de boxeadores y luchadores profesionales para dotar de mayor realismo a las heridas de cada combate

2/ Brad Pitt apostó fuerte por la película. Tanto es así que no solo su cuerpo fue resultado de horas de entrenamiento, sino que para representar mejor a Tyler Durden fue al dentista y le pidió que le picara un diente. Así, como lo lees. Pidió y pagó a un dentista para que le dejara mellado. Por supuesto, tras la película volvió a pasar por sus manos para que le dejara tan perfecto como siempre.

3/ El mensaje subliminal en la versión DVD. Como hemos comentado, el boom de El Club de la Lucha se dio tras su paso al DVD. Durante los primeros instantes de la película, aparece un mensaje directo de Tyler Durden para ti: “Cada palabra que estás leyendo de este inútil mensaje es un segundo de tu vida. ¿De verdad no tienes otras cosas que hacer? ¿Está tu vida tan vacía que de verdad crees que esta es la mejor manera de gastar estos momentos?”

Ya veis, Tyler deja claro desde el principio que no hemos venido aquí a perder el tiempo.

4/ En la escena de la primera pelea entre Tyler Durden y el protagonista, el director pidió a Edward Norton —sin avisar a Brad Pitt— que le golpeara de verdad. Éste ni corto ni perezoso, golpeó al bueno de Brad. Sí, ese gesto de dolor es real. Por buen actor que sea, nada parece tan real como comerte un puño en la cara sin esperarlo. En la oreja, en este caso.

5/ Tres días pasaron Brad Pitt y Helena Bonham Carter en el estudio de grabación. ¿Haciendo qué? Grabar las decenas de orgasmos que forman parte de la BSO. Si la habéis visto, sabéis de lo que hablo.

6/ En uno de sus discursos, Brad Pitt hace mención a las estrellas de rock. Rodeado por los miembros del Club de la Lucha, se fija en uno en especial. ¿En quién? ¡En Jared Leto! Hacía apenas un año que Leto había creado el grupo de rock 30 seconds to Mars y bueno, es una indirecta bastante directa.

7/ En la película, la cámara recorre en diferentes escenas algunos de los cines de la ciudad. Pues bien, todas las películas que aparecen anunciadas en esos míticos carteles estadounidenses sobre las puertas de los cines, son reales y habían sido protagonizadas por los actores de la película. Aparecen 7 años en el Tíbet (Brad Pitt), Las alas de la paloma (Helena Bonham Carter) y El Pueblo contra Larry Flint (Edward Norton). Estas dos últimas no aparecen en el montaje final. El típico autobús que se cruza ante la cámara justo cuando no quieres y da la casualidad que es la toma definitiva. Cosas de directores…

8/ Tyler Durden es un redomado experto en la fabricación química de jabones artesanales. Y también de explosivos. Todas las recetas que aparecen en la película son reales, pero decidieron cambiar uno solo de sus componentes para evitar “inspirar” a químicos aficionados. Eso sí, si logras hallar el “elemento camuflado”, serás plenamente capaz de diseñar explosivos químicos en casa. Atención, no nos culpéis si lo conseguís. O si no lo hacéis. UndegroundLab renuncia a cualquier tipo de responsabilidad.

9/ Tyler Durden aparece mucho antes en la película que en su “aparición oficial”. Cuando reveáis la película, echad un ojo a la conversación de nuestro protagonista con el doctor. En esos flashbacks fugaces, Tyler Durden aparece hasta en dos ocasiones. ¡Ah! Y una tercera. Prestad atención a la fotografía del grupo de camareros que observa el protagonista en la habitación del hotel. O al tipo con el que se cruza en las cintas del aeropuerto.

10/ Si queréis darle algo de juego a la película, podéis jugar a encontrar el vaso de Starbucks escondido en cada una de las escenas de la película. ¡Ánimo! Porque alguno os va a costar…

11/ «Odio al Volkswagen Beatle». En una de sus conversaciones, Pitt y Norton descubrieron que tenían algo más en común: su odio a este modelo de vehículo. Así que para la escena en la que salen golpeando automóviles al azar tuvieron muy claro el modelo que querían destruir a golpes. Sí. Lo hicieron con mucho gusto, parece.

Así que si no os han convencido ni la sinopsis, el análisis, el trasfondo filosófico, ni las curiosidades para ver esta película… no, quizás no seáis los indicados para formar parte del Club de la Lucha.

En todo caso, compartid este artículo, pero con discreción. Recordad la primera regla: «Nadie habla sobre el Club de la Lucha».

Pablo Sierra Martínez


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