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Cine clásico: Los ojos sin rostro

Desde que se estrenó «La bella y la bestia» en el año 1991, comenzó a afianzarse la idea de que la belleza está en el interior. No importa si eres una bestia deforme de tres metros con enormes colmillos y garras capaces de asesinar a una persona de un sólo movimiento, lo importante es que seas bueno porque, entonces, sí o sí te querrán. Esto es lo que la amable cinta de Disney nos trataba de enseñar, pero todos sabemos que la realidad no es así y que vivimos en una sociedad en la que la belleza manda. «Los ojos sin rostro» de Georges Franju, nos escupe esta realidad de la forma más elegante posible.

El principio es hipnotizante. Vemos a una mujer transportando en su coche a una chica aparentemente desfigurada y muerta. Todo el transcurso de la escena parece eterno, observamos sin remedio cómo arrastra a la joven y la sumerge en el río para hacerla desaparecer. Y esto no es nada más que el inicio. 

A partir de aquí nos adentramos en la historia del cirujano, el doctor Génessier, que supuestamente ha perdido a su hija Christiane a causa de un accidente de coche que le dejó la cara totalmente destrozada. Como consecuencia de ello, la chica huye y desaparece sin dejar rastro. El cirujano explica en una ponencia que va a emplear toda su vida y esfuerzos en encontrar una forma de reconstruir un rostro a partir de otro, en «homenaje» a su hija desaparecida y como descubrimiento científico totalmente novedoso. Todo el mundo le aplaude sin reservas, sería una revolución para la cirugía estética. 

Lo que no ha dicho es que su hija no está desaparecida ni muerta, sino que está en su casa. Encerrada, escondida, con la cara tapada con una máscara esperando el «milagro» que su padre le ha prometido: una cara nueva y bella. Louise, la secretaria, cómplice de esta situación, ayuda al cirujano a encontrar chicas y secuestrarlas para realizarle el trasplante a su hija; una situación que nunca tiene fin porque ninguno de los trasplantes tiene éxito. La joven rechaza una cara tras otra, lo que resulta tremendamente simbólico. 

Estéticamente estamos hablando de un thriller con una apariencia de lo más elegante. Christine parece literalmente un fantasma, ni ella misma soporta su cara, pero menos aún, su apariencia con la máscara. Recuerda irremediablemente al «Fantasma de la ópera», con sus vestimentas elegantes y vaporosas y la máscara blanca que da una sensación de serenidad a la vez que desasosiego.

George Franju fue capaz de inventar aquí lo que podría denominarse como «gore elegante». Todo fluye sin artificios de una forma delicada, tranquila y suave, incluso en la escena más sangrienta y desagradable, no hay ningún tipo de exabrupto. Esto lo consigue más que nadie la protagonista, cada puesta en escena suya es como si estuviese actuando el aire en sí mismo, lo que afianza la presencia fantasmagórica de la que hablábamos antes. Todo en ella es sutil, incluso en las escenas más complicadas. Es muy destacable también la presencia del doctor, su frialdad, su rictus tan marcado. Es casi palpable la perfección y rectitud con la que actúa a cada paso que da, seguramente porque le falló a su hija y la única meta en su vida es no volver a equivocarse para que ella vuelva a confiar en él y confíe en que hará todo lo que esté en su mano para salvarla, aunque sea por encima de todos los límites morales.

En un sentido metafórico, podríamos decir que estaríamos hablando de una historia de reclusión autoimpuesta de tres personajes atormentados por la decepción, recluidos detrás de una máscara que sólo les dejará libres cuando se la quiten. El director utiliza todos estos recursos para formar una perfecta alegoría de la hipocresía social que nos rodea. Desde los ricos que aclaman al cirujano en su ponencia, sabiendo que el sujeto B del trasplante morirá irremediablemente, hasta la propia Christine, que pondrá su futura felicidad por encima de todos y de todo convirtiéndose en el peor de los cómplices, pero también en el más vulnerable. 

«Los ojos sin rostro» nos muestra cómo tres personas venden su alma al diablo en una búsqueda insana hacia la belleza. Cada uno tiene sus motivos: el doctor se siente culpable porque él conducía el coche cuando su hija quedó desfigurada. La secretaria se siente en deuda con él porque hace años le arregló su cara cuando a ella le pasó algo parecido. Y finalmente Christine quiere recuperar a su prometido, su amado, que cree que la rechazará cuando la vea. Nada que ver con «La bella y la bestia», nada importa la bondad, la sinceridad… a nadie se le ha ocurrido preguntarse qué pensaría el prometido. ¿Y si la quisiera tanto que no le importa su apariencia?

Me parece que, dentro de la ficción, relata un fiel reflejo de nuestra sociedad y de lo que muchos estarían dispuestos a sacrificar por tener belleza, porque tenerla significa aceptación, popularidad, admiración y otras muchas cosas más tan efímeras como las anteriores. 

Patricia Llácer



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