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Documentales: The Act of Killing

«La historia será generosa conmigo, puesto que tengo la intención de escribirla”, dijo Winston Churchill. Por supuesto, tenía toda la razón, y The Act of Killing es el mejor ejemplo de ello. Este documental no trata sobre la Segunda Guerra Mundial, pero sí sobre el genocidio de más de un millón de personas que tuvo lugar en Indonesia en 1965. Tras el golpe de Estado militar contra el gobierno, todo aquel considerado comunista fue perseguido y asesinado, ejecutándose así uno de los peores genocidios de la historia del siglo XX. El hecho de que los verdugos puedan hablar sobre sus crímenes abiertamente es, precisamente, porque ellos son los dueños de esta historia. Como vencedores, no hay represalias por sus actos. Al revés: los personajes de este documental son tratados con respeto y admiración por su entorno.

La fórmula de su narrativa, la crudeza de sus diálogos y la profundidad de sus personajes, hacen de este documental, sin lugar a dudas, uno de los mejores y más arriesgados proyectos audiovisuales de todos los tiempos. Con una idea absolutamente original y transgresora, es una película obligatoria para todo amante del cine. Puedo asegurar, sin temor a equivocarme, que cada una de las frases que escucharás en 159 minutos que dura el documental quedará grabada a fuego en tu memoria.

The act of killing, co-dirigida por Joshua Oppenhaimer (Texas, 1974) y Christine Cynn, nos muestra el proceso de cómo se escribe la historia. La cinta, estrenada en el año 2013, cuenta con dos personajes principales: Anwar Congo, verdugo en 1965 y Hernan Koto, gánster y líder paramilitar. Su propósito es rodar una nueva película propagandística sobre los hechos acontecidos entre 1965 y 1966, protagonizada por ellos mismos. Para ello, contarán con la ayuda de Joshua, el director del documental, que filmará al mismo tiempo todo este proceso.

Conocemos a ambos protagonistas mientras caminan juntos por un barrio. Están buscando actrices dispuestas a representar a una madre que llore y suplique mientras su casa es consumida por las llamas. Sin embargo, no es fácil encontrar alguien dispuesto a asumir este rol. Tienen miedo, no quieren que en el barrio se les pueda acusar de comunistas. Finalmente, en un barrio más acomodado, encuentran a sus actrices. Allí mismo, preparan un simulacro de lo que será su representación. La gente se agolpa alrededor y ríe, aplaude y vitorea.

La intención de grabar esta nueva película, nos dice Anwar Congo, es que todo el mundo sepa qué fue lo que ocurrió para que no se olvide. Así, ellos mismos serán los héroes de su película, los gánsteres, “hombres libres”, que libraron al país de los crueles comunistas.

En la siguiente escena, nos encontramos en el patio donde asesinaban a los acusados. Congo representa ante la cámara cómo se producían estos asesinatos. Lo hará con la participación de su ayudante, que se presta a actuar de ejecutado. Irónicamente, este mismo personaje reconocerá más adelante ser hijo de un asesinado. «Así los arrastraba, así los torturaba, esto apestaba a sangre». Por eso, se tomó la decisión de asfixiarlos con un alambre. La naturalidad con la que Anwar Congo describe la escena es estremecedora. Sin embargo, vemos un atisbo de duda en sus palabras. “He intentado olvidar todo esto. Lo he intentado bailando, bebiendo, y así me sentía feliz”. En este mismo escenario, vemos al verdugo cantando y bailando, satisfecho de su labor.

Una vez superada esta escena, solo nos queda seguir sorprendiéndonos. Asistiremos, por supuesto, a muchas otras historias. Un jefe de prensa admite abiertamente haber manipulado las entrevistas para culpar a supuestos comunistas que, al momento, serían ejecutados. En las oficinas de Anwar Congo, representan cómo asesinaban a los acusados bajo las patas de la mesa. La Permuda Pancasila celebra sus actos con total normalidad.

En toda esta historia, lo creas o no, también hay espacio para la risa. El propio Oppenheimer vio necesario dar permiso a los espectadores para reír durante la proyección del film. No diré que no es un documental trágico. Lo es. Pero no del modo al que estamos acostumbrados. El documental es un constante baile entre reír y taparse los ojos. A instantes, se nos olvida lo que estamos presenciando. Se nos olvida quiénes son ellos en realidad. Se nos olvida que, lo que nos cuentan, no es una película de ficción. Pero, en un instante, volvemos a recordarlo: “No puedo dormir, tengo pesadillas… Ellos no querían morir” Anwar Congo se plantea una y otra vez esta cuestión. A medida que avanza la proyección, sus reflexiones son cada vez más reveladoras. Tras relatar sus asesinatos con aparente indiferencia, Congo le enseña a su nieto que debe pedirle perdón a un pato por haberle hecho daño.

Entre medias, asistimos al rodaje de sus escenas. Los protagonistas son maquillados y pasan a recrear en un escenario ficticio las situaciones que vivieron. En varias ocasiones, cuestionan su propio relato. “Esperad. Si esto finalmente triunfa, todo el mundo sabrá que los comunistas no eran los crueles. Sabrán que los crueles éramos nosotros”. Deben cuidar qué es lo que deben enseñar a la gente. Si son demasiado realistas, se podría pensar que los comunistas no eran peor que ellos, después de todo.

“El bien y el mal varían. Las convenciones internacionales son volátiles (…) Ya volverán a cambiar. Lo que hoy está bien, mañana estará mal”. En el caso de Adi, su escudo contra la culpabilidad es el relativismo moral. A Anwar le siguen atormentando sus pesadillas: “Los ojos que no cerré están siempre mirándome”.

Finalmente, llega el momento de representar la quema de la aldea comunista. Preparan a sus actores y actrices y empiezan a rodar. Cuando termina la escena, los niños no pueden dejar de llorar. Anwar lo presencia con incomodidad: “Nos maldecirán para siempre por esto”. La siguiente escena en su película revive otro interrogatorio. En esta ocasión, será el propio Anwar Congo el que actúe de acusado. Tras varias tomas, su compañero Hernan le aconseja: “no te metas tanto en el papel”. “No lo hago”, responde Congo, pero ya no puede seguir actuando. Abatido, mira al suelo.

Ahora, la película está terminada. Anwar felicita a Joshua Oppenheimer mientras ve el vídeo en la televisión de su casa. Decide llamar a sus nietos para que vean la última escena que ha grabado. Cuando ellos vuelven a la cama, le aborda el silencio.“¿Se sintieron las personas a las que torturé como me sentí yo aquí? Le pregunta a Joshua. “En realidad, las personas a quienes torturaste se sintieron mucho peor”. Congo se derrumba, solloza ante la cámara. Hernan, por su parte, descarga su ira tocando la batería.

Volvemos con Anwar Congo a su antigua oficina, esta vez a solas. Vuelve a recrear sus crímenes, pero todo ha cambiado respecto a la primera vez. “Sé que estuvo mal, pero tenía que hacerlo”. Le entran arcadas. “¿Tenía que hacerlo?… Mi conciencia me decía que tenían que morir”. Coge entre sus manos el alambre que usaba para acabar con sus víctimas. Vomita de nuevo. Ya no es el hombre jovial y alegre del inicio. Ahora, camina encorvado y atormentado.

El documental culmina en un silencio atroz. En los créditos, un sinfín de personajes y profesionales anónimos.

Curiosidades:

  • El título original del documental es Jagal que significa “carnicero” en indonesio.

  • El documental tiene como productores ejecutivos a los mismísimos Werner Herzog y Errol Morris.

  • El documental dura dos horas 40 minutos; tenían rodadas 1200 horas de material. La grabación con Anwar Congo duró 5 años.

  • Aunque el documental fue codirigido por Joshua Oppenheimer y Christine Cynn, apenas hay información sobre la codirectora. Desconocemos su papel en el film y durante la grabación. Generalmente, el documental se le atribuye únicamente al director.

  • The Act Of Killing surgió a raíz del documental The Globalization Tapes, codirigido también por Oppenheimer y Cynn, que trata de un grupo de trabajadores de una plantación belga en Indonesia. En sus entrevistas, Joshua Oppenheimer cuenta que durante la grabación de este documental se dio cuenta de que los trabajadores y trabajadoras de la plantación vivían con un temor constante, porque sus familias habían sido asesinadas por la acusación de ser comunistas. Se planteó grabarles a ellos para que contaran su historia, pero era peligroso hacerlo para los protagonistas. Entonces, le propusieron que grabara no a las víctimas, sino a los asesinos. Cuando se acercó a hablar con uno de ellos, descubrió que relataba sus crímenes abiertamente y con total impunidad. Poco a poco, se dio cuenta de que este era un factor común en todos ellos y se dispuso a entrevistar a todos los que pudiera.

  • Anwar Congo fue el verdugo número 41 al que entrevistó. Cuando encontró a Congo, vio que, en él, los sentimientos estaban más en la superficie, más cerca de aflorar. Fue lo que le hizo elegirlo como personaje principal.

  • La escena en la que Anwar baila tras contar sus asesinatos en la azotea de su oficina fue grabada el primer día que lo conoció.

  • El documental no es una película dentro de una película, es decir, los protagonistas no están siendo engañados, sino que ellos están representando lo que querían mostrar en The Act of Killing. Supieron desde el principio en qué consistía el proyecto del documental.

  • Cuando Joshua Oppenheimer le mostró el documental completo a Anwar Congo, este se conmovió. Le dijo: “Josh, este documental muestra realmente lo que soy(…) me he liberado”.

  • Joshua y Anwar mantuvieron el contacto tras la publicación del documental. Para ambos, el rodaje supuso una profunda transformación.

  • Anwar Congo falleció en octubre de 2019, a la edad de 78 años.

Ester Velasco Aragón


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